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Cuadernos del Valle del Asón

Vivacs y otras historias (o porqué no hay sherpas en la espeleo)

Nº 2 Junio 1999 - Página 34

Lunes 28 de abril de 2003, por Pedro Merino Múgica


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Vivac de la Sima del Bloque
Autor: © AER

¡Joder con la saca! Otra vez se me ha vuelto a atascar en este maldito meandro. Y van...Es impresionante la facilidad con que se engancha en cualquier átomo. Le doy un par de patadas para moverla (y de paso, desahogar un poco la mala leche), y sigo para adelante...o al menos lo intento. Ahora se me ha enganchado el tubo del carburero. Entre juramentos, pego un violento tirón. ¡Hostia! Ahora sí que la he hecho buena. Con el tirón se ha salido el tubo y me he quedado a oscuras. Enciendo la frontal ¡clic! No va. Debería cambiar las pilas al menos una vez cada año. Suspirando, me arrastro un poco más allá, donde el meandro ancha lo suficiente como para ponerme en cuclillas.

Engancho el tubo (no ha entrado del todo; al próximo tirón se volverá a salir) y enciendo la luz. No oigo a los demás. Para no variar me he quedado retrasado, así que trato de acelerar la marcha. Vano intento. Todo el material "colabora" conmigo: el puño se encaja en una grieta, el arnés en un trozo de estalagmita rota, la saca EN TODO...

Finalmente llego al vivac: está situado en una galería lateral, con suelo arenoso. Allí se encuentra plantada una tienda de campaña, sin sobretecho. No es una excesiva protección, si tenemos en cuenta que hacen 4ºC y una humedad ambiental del 100%. Menos mal que he traído ropa seca y que el saco es algo grueso. Entre tiritona y tiritona abro la bolsa estanca donde tengo las deseadas prendas y el no menos anhelado saco. ¡¡Mierda, mierda, mierda!! La bolsa-estanca-NO-es-estanca (pequeño agujero del averno), y tanto la ropa como el saco están hundidos. La perspectiva de esta noche no es muy halagüeña.

Entre miradas compasivas me acerco al hornillo, donde se cuece el rancho (poniendo mucha buena voluntad se le podría llamar "comida"). No se qué es, pero está caliente, y eso basta. Cuando acabamos de cenar son las dos de la madrugada. Colocamos un carburero en la tienda para quitar un poco de humedad y rápidamente nos metemos en el saco. El mío está empapado (es lo más parecido que he visto nunca a un colchón de agua).

A la tiritona no tardan en seguirla los estornudos y la moquitera que no me deja respirar. Que trancazo. Finalmente el cansancio comienza a vencerme y los ojos se van cerrando...hasta que Wychy me mete un rodillazo en el muslo. ¡Jo, que noche! Por fin me duermo. ¡¡Ayyy!! ¿Qué...? Jesús ha salido a mear y me ha pisado los, los... ¡¡Ayyy!!

Al borde de la crisis de nervios, trato de controlar el torrente de exabruptos que pugnan por salir de lo más profundo de mí. Miro el reloj: las cinco de la madrugada y no he pegado ojo. Dentro de tres horas, otra vez arriba. ¡Y encima toca explorar en la zona activa, con meandro inundado incluido!

Mientras la llama del carburero se extingue lentamente, pienso que ahora se porqué no hay sherpas en la espeleo. Nota: no penséis que explorar es siempre así. Con frecuencia es peor.

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