Cuadernos del Valle del Asón
Nº 5 Julio 2001 - Página 3-7
Sábado 22 de marzo de 2003, por Ángel García Fuentes
Este relato es la descripción de un viaje por los montes que contornean la región de Cantabria por el Sur. Un viaje de dos personas y el silencio y tranquilidad que nos acompañaron la mayor parte del viaje, ya que hace unos años todavía era posible andar por la cornisa Cantábrica, sin apenas encontrarse con nadie o como mucho algún paisano del lugar con su ganado.
Este viaje ha sido una de las cosas que mas he disfrutado, en mi vida y que siempre tendrá un recuerdo en mi cabeza, no por las dificultades del camino o lo exótico de los paisajes y personas, que ofrecen viajes a lugares lejanos, si no por el silencio, las horas de marcha que unen el disfrute de los ojos y la concentración en los propios pensamientos, con breves interrupciones para buscar el camino, corregir el rumbo, o comentar las sensaciones con el compañero de viaje y también por estar realizando una idea largo tiempo deseada, y con la compañía adecuada.
Ese veranos ya hace unos años viajamos a los Alpes con idea de ascender al MotBlanc y Monte Rosa, cosas ambas que hicimos y como siempre que vamos a Alpes, nos maravillamos con la majestuosidad de sus montañas, la belleza de los valles e incluso de sus bonitos chalets. Por desgracia todas estas impresiones se nublaban un poco por la gran cantidad de personas que ocupan estas montañas en los meses de verano. Así que a la vuelta al pueblo, y con una semana de vacaciones pendiente, decidí proponer a Wichi, uno de los proyectos que tenia en mente desde hacia mucho tiempo, y que esperaba complementara las actividades montañeras de ese verano, con un viaje menos rico en desniveles, pero mayor en recorrido y tranquilidad.
Así pues al día siguiente de llegar de Alpes, engañamos a un amigo para que nos dejara temprano en el puerto de los Tornos, donde se juntan los limites de las Provincias de Vizcaya, Burgos y Cantabria, y empezamos la primera etapa de nuestra excursión.

El puerto de los Tornos da paso hacia el Oeste, a una cadena de grandes lomas, cubiertas de hierba en muchos casos, de bosque autóctono en otros y de pinos plantados en hondonadas y laderas. Estas lomas van ganando altura hasta culminar en el Picón Blanco, que como su nombre indica consigue retener la nieve del invierno, más tiempo del habitual, en este punto existía en aquel tiempo una base de comunicaciones del ejército, hoy abandonada y desguazada por la estupidez humana.
Nuestra marcha fue coronando estas lomas bajo un fuerte sol, que nos hizo sudar al ascender por las laderas, hasta alcanzar el cordal, que llevaba directamente al Picón, pero allí nos cubrió la niebla, y apenas podíamos seguir los restos de un sendero de cabras, que esperábamos nos llevara en la buena dirección, cosa que confrontábamos periódicamente con la brújula. Finalmente pasamos como fantasmas junto a las garitas de guardia de la base, y emprendimos el descenso hacia el puerto de la Sia, que forma otro paso natural entre Burgos y Cantabria.
Nuestra idea era andar la mayor parte del tiempo posible por el monte y no por carreteras, pero con la espesa niebla que nos rodeaba, y el difícil terreno que teníamos delante no nos quedó mas remedio que tomar la carretera hacia Espinosa y hacer noche en las afueras de las Machorras después de 10 horas de marcha, con una pesada mochila y terreno variado.
La ruta queda reflejada en la Figura 1:
El rocío de la mañana cubría nuestros sacos cuando nos despertamos temprano y preparamos el desayuno a base de leche y galletas, mientras nuestro cuerpo protestaba por los esfuerzos del día anterior.
Desde el lugar donde nos encontrábamos, era necesario tomar de nuevo la carretera hacia el puerto de las Estacas de Trueba, para retomar así el itinerario original por las crestas de los montes. Así pues la mañana la pasamos remontando la carretera hacia el puerto, para luego tomar unas grandes lomas de hierva que forman un cordal natural que separa Burgos de Cantabria y bajo el cual pasa el túnel de la Engaña, resto del ferrocarril Santander - Mediterráneo. Desde estas lomas el paisaje es imponente con el Castro de Valnera como cabecera del valle y toda la vega del Pas que conduce casi hasta el Mar, que puede verse a lo lejos con claridad. Al final de estos montes se encuentra un grupo de cabañas pasiegas, algunas abandonadas y otras no ,en las que nos encontramos con una pareja de ancianos, que estaban atendiendo su ganado, en aquel desolado paraje, y que me impresionaron bastante, cuando nos hablaron de que sus hijos estaban todos trabajando en Bilbao y Madrid, y que estaban solos para cuidar de las fincas y ganados , pero seguían subiendo hasta aquel lugar y trabajando duro como indicaban sus arrugas y la curvatura de la espalda.
Comimos con ellos, que tenían ganas de conversación y nos comentaron los peligros de la niebla que de nuevo comenzaba a cubrir los montes. El hombre recordó una vez en que le "ATURULLO " la niebla.
Dejamos el Collado de la Murrulla y a la simpática pareja de ancianos, y marchamos por las lomas que presentan grandes bloques como Menhires, pero la niebla nos alcanza y envuelve por completo, por lo que tenemos que sacar de nuevo la brújula y confiar en no perder el rumbo correcto. A media tarde salimos de la niebla y alcanzamos la carretera, que desde la Vega conduce al puerto del Escudo. Al atardecer acampamos bajo unos árboles cerca de la carretera nacional que viene de Burgos a Cantabria.
El trayecto de esta segunda etapa queda reflejado en la Figura 1.
Esta tercera etapa resultó completamente diferente a las anteriores, ya que discurrió casi en su totalidad por la carretera que bordea el pantano del Ebro y conduce a Reinosa. El día fue muy caluroso y la marcha por el asfalto se hizo pesada, pero resultó bonito estar cerca del agua en todo momento y ver los distintos bosquecillos que crecen cerca del pantano. El medio día lo pasamos a la sombra de unos grandes chopos y nos dimos un baño en el pantano para refrescarnos y continuar el camino que nos condujo a Reinosa.
En el pueblo hicimos una parada para comprar algo de comida y continuamos viaje por la carretera de Alto Campo, hasta que el atardecer nos alcanzó en Fontibre y decidimos montar el Vivac junto a la tapia del cementerio, para no sentirnos tan solos, por cierto que estos vecinos no son nada molestos por la noche.
El cuerpo se encontraba bastante cansado por los tres días de marcha con jornadas de 10 o 12 horas, y el asfalto nos ablandó las plantas de los pies, sobre todo a Wichi que llevaba unas botas mas duras.

Madrugón y desayuno para estar en camino casi con el sol, y hacer el tramo de carretera que nos queda, con la fresca. Cuando comienzan las primeras pendientes del puerto de Campoo, dejamos la carretera y andamos por los bosques de Hayas que también dejamos para continuar por las praderas, con algunos tramos de la carretera que sube haciendo grandes S por las laderas.
Al medio día estamos en la estación de ski y comemos algo, antes de ascender a la cumbre más alta del recorrido que es el pico Tres Mares. Desde este punto la vista es excelente pudiendo ver tanto el valle de Cabuérniga que está a sus pies, como los picos de Europa al Oeste y las tierras de Palencia al Sur.
Desde el mirador del pico es posible bajar hacia las lomas que conducen al puerto de Piedras Luengas que une Palencia con Liébana. Aquí tomamos una pista que pensamos se dirige al Oeste y que nos puede servir de guía, pero poco después la pista desciende de forma brusca hacia Liébana y la dejamos para cruzar el monte por donde mejor se pueda, pero el monte conduce a unas campas de argomas que nos llegan al pecho, y que amenazan con acabar con nuestras exiguas fuerzas, después de un muy largo día de pateo con mucho desnivel. Finalmente con la noche ya encima y nadando mas que andando salimos a una pista entre el bosque, donde vivaqueamos y revisamos nuestras piernas cubiertas de arañazos. De pronto en la oscuridad aparecen las luces de un todo terreno, y nos saluda un joven que nos dice se dirige a ver a su novia desde las cabañas donde trabaja como pastor, cuando se va de nuevo nos quedamos en la oscuridad del bosque hasta que el sueño nos vence.
La luz del día tarda en llegar entre la espesura del bosque, pero lo hace, y nosotros tras recoger los trastos, echamos a andar hasta alcanzar los prados donde tiene su cabaña nuestro pastor de la noche anterior, el tramo de bosque ha sido bonito, pero la vista desde este lugar también lo es, con Liébana a nuestros pies y un gran circo de lomas y montañas que forma la cabecera del valle.
Tras estudiar los mapas y la brújula tomamos un cordal que parece dirigirse hacia la zona del Curavacas, que tenemos a la vista y que parece estar cerca, pero que resulta estar muy lejos como nuestras piernas pueden notar, y que nos lleva toda la mañana alcanzar. Pasamos cerca de los lagos que hay al pie del monte, y tomamos la ruta del puerto de San Glorio, que discurre por un valle glaciar de grandes dimensiones, y con un puerto en medio, que consume nuestras escasas fuerzas.
Desde lo alto de este puerto podemos ver abajo otro profundo valle, con tiendas de campaña de algún campamento, pero nosotros bordeamos por lo alto y al atardecer desembocamos en la carretera muy cerca del alto. En este punto montamos el vivac y comemos unos paupérrimos spaghetti a palo seco, ya que andamos escasos de comida.
La última etapa de nuestra excursión debía llevarnos hasta Fuente De, a través de las lomas y montes que separan Cantabria de León. Iniciamos la marcha con el estomago un poco vacío pero la moral alta, siguiendo el fondo de un pequeño valle que pronto se convirtió en una ladera de fuerte pendiente, que nos dejó cerca de la cumbre del Coriscao de 2.234 m. de altitud, para continuar por las lomas, que presentaban hacia el Este el profundo valle que de Potes se dirige a Fuente De, y al Oeste los valles mas suaves de León. El tiempo era excelente y la visibilidad en todas direcciones también era buena.
Al acceder a un pequeño valle, sorprendimos a un grupo de rebecos, que nos obsequiaron con una exhibición de sus facultades atléticas, atravesando el valle a alta velocidad y remontando las pendientes como si no lo fueran, cosa que por supuesto no provocó una gran envidia.
El tramo final del camino discurría por una pista entre bosques, que bordeaba un monte, para conducir hacia el edificio del teleférico, donde llegamos a medio día y nos vimos completamente rodeados de cientos de turistas que ocupaban el lugar, y entre los que nos sentíamos un poco extraños después de días de no ver a nadie de cerca.
Después de llegar a Fuente De, todavía nos quedaba un largo viaje en autobuses varios, que nos llevaron del teleférico a Potes, de allí a Santander, y finalmente a Colindres donde el Dedo nos dejó en casa.
Habíamos recorrido una distancia difícil de calcular pero, no inferior a 200 Km., en jornadas de 10 o 12 horas de pateo, en las que tuvimos mucho tiempo para disfrutar de la naturaleza y de nuestros propios pensamientos, una actividad que recomiendo a cualquiera que no le asuste andar y quiera contemplar los paisajes en los límites de Cantabria.