Cuadernos del Valle del Asón
Nº 8 Septiembre 2003 - Página 7-12
Lunes 3 de enero de 2005, por Ángel García Fuente

Esta es la historia de un viaje, una excursión de montaña de cuatro días alrededor de uno de los montes emblemáticos de este país, el Monte Perdido, cuyo macizo comparten tanto Francia como España, y del que parten algunos de los más hermosos y espectaculares valles del Pirineo, como puede ser el valle de Ordesa o el de Pineta entre otros.
Este viaje lo realicé en solitario, básicamente por que no fui capaz de engañar a nadie que quisiera acompañarme, no queriendo ver en ello ninguna relación con mi personalidad o mi olor corporal. Aunque también es cierto que llevaba tiempo pensando en realizar una excursión de este tipo en solitario que me permitiera aumentar mis sensaciones personales en contacto con la montaña.
Así pues tomé una semana de vacaciones a primeros de Julio de 2002, y me dedique a empaquetar las cosas que necesitaba para el viaje. Aquí radica uno de los principales problemas de ir solo, y es el peso, ya que hay objetos imprescindibles como el hornillo, que hay que llevar igual para uno que para más personas. Si le sumamos la comida para cuatro días, el saco y ropa de abrigo que se hace necesaria cuando se camina en alta montaña donde las temperaturas pueden caer bruscamente incluso en verano, veremos que el tamaño y peso de la mochila aumentan de forma alarmante.
Otra duda a resolver era la de si llevar tienda, funda de vivac o nada, al final me decidí por llevar una pequeña tienda individual de reducidas dimensiones y, más reducidas aún, prestaciones de espacio e impermeabilidad.
También había dedicado bastante tiempo a estudiar los mapas y descripciones de la ruta a seguir, y también aquí tenia dudas sobre el camino a seguir, dudas que sólo resolvería sobre la marcha.
Con todas estas dudas en la cabeza y sobre todo con la incertidumbre de cómo me sentiría estos días solo en la montaña, salí el domingo por la tarde hacia el valle de Pineta, del que me separaban cinco horas de coche, con lo que llegué sobre las 22:30. El tiempo en el valle no presagiaba buen comienzo, ya que había llovido y hacia fresco, con lo que aumentaron las dudas y temores que siempre llegan con la noche.
Aparqué a la entrada del camping y monte la tienda en un claro del bosque junto al coche. Una tortilla de patatas fue la cena y la ultima comida bien cocinada en unos días; poco después me fui a dormir, cosa que conseguí mejor de lo esperado.

Desperté a las 7:00 y estudié el cielo en busca de información sobre el tiempo, que parecía propicio, con el sol desplazando a las nubes que ascendían hacia las cumbres. Desayuno ascético, recoger la tienda húmeda y hacer la mochila me entretuvieron hasta las 9:10, hora a la que salí cargado con no menos de 20 kilos, por el fondo del valle hacia las fuertes laderas que ascienden hacia el collado de Añisclo.
Para los que no conozcan el valle de Pineta, os puedo decir que es una de las maravillas de Pirineos con sus laderas verticales fruto de las excavaciones de los glaciares, que asciende 1000 metros de desnivel, y la cumbre del Monte Perdido cerrando el paso. Los glaciares colgados de la cara norte vierten mucha agua que cae por todas partes formando estruendosas cascadas, de muchos metros de altura. Los bosques cubren buena parte del fondo del valle y de sus laderas hasta cerca de los 1800 metros. En fin, lo dicho, una maravilla.
El primer obstáculo del viaje era la ladera Oeste del valle, que conduce al collado de Añisclo, y donde comienza el valle de Añisclo paralelo al de Pineta. Se trata de un sendero de fuerte pendiente, que primero transcurre entre árboles para continuar sobre pedreras y ascender así 1000 metros de desnivel, que con una mochila tan pesada, os podéis hacer una idea de los litros de sudor que ello supone, sobre todo bajo un fuerte sol de Julio. Cuando alcancé el collado y esperaba disfrutar del paisaje y de un caliente descanso, me alcanzó una fría niebla que me impedía ver nada y que me obligó a sacar el anorak y comer algo de forma apresurada.
La llegada de la niebla además de fastidiarme el paisaje, me obligaba a concentrarme en la búsqueda del camino si no quería perderme ya el primer día. Además, la ruta elegida pasaba por Punta las Olas, con algunos pasos delicados si la roca estaba mojada.
Ascendí 500 metros más de pendiente antes de poder descender ya sin niebla, hacia el collado que conduce al refugio de Góriz en la cabecera del valle de Ordesa donde llegué sobre las 16:30, después de ascender 1500 metros de desnivel y descender otros 500 metros.
La zona del refugio, muy visitada por los alpinistas que ascienden al Perdido, no estaba muy llena y busqué un lugar donde plantar la tienda y descansar hasta la hora de cenar. El paisaje a mis pies era estupendo, con el valle de Ordesa como gran surco en medio de la montaña.
Preparé la cena temprano y al oscurecer me introduje como pude en la estrecha tienda, para recuperar mi cuerpo para el día siguiente.

La siguiente etapa me llevaría a través de la Brecha de Rolando hacia Francia por el valle de Gavarnie, el refugio de Spiguetes y el valle de Estaubé. Pero de momento lo único que sabía a las 7:00 de la mañana, es que debía llegar a la Brecha y de paso echar un vistazo a la gruta helada de Casteret, así que tras el desayuno y embalado del equipo, salí con el cielo cubierto de nubes que amenazaban lluvia, a través de un valle glacial con profundos hoyos similares a los Jous de Picos. Me acompañaban algunos sarrios, que llegaban a acercarse mucho para que les hiciera fotos. Unos pasos entre bloques me dejaron en la boca de la Gruta de Casteret, pero sólo había una verja que prohibía el paso y ni rastro del suelo helado, tan famoso que se debía encontrar más adentro en la oscuridad. Me planteé sacar la frontal y saltar la valla, pero parecía acercarse una tormenta y no era un buen sitio para estar cuando llegara, así que continué camino, bordeando unos neveros resbaladizos y con algún cable de pasamanos.
Finalmente llegue al gran agujero en la pared de roca, que forma un paso natural entre España y Francia y que según la leyenda fue abierta por el héroe Rolando con un tajo de su espada. Como era de esperar había una fuerte corriente de aire, y la niebla comenzó a envolver el lugar, por lo que la parada fue breve, aunque suficiente para contemplar la magnitud de los paisajes que se abren a ambos lados.
El lado francés, como cara norte que es, estaba cubierto de una capa de nieve perenne que me obligaba a bajar con cuidado siguiendo la huella abierta por los numerosos excursionistas que cruzan esta zona. Poco después llegue al concurrido refugio de Serradets, donde comí un poco disfrutando de las vistas.
De nuevo inicié el descenso, que cada vez con más pendiente debía llevarme al fondo del circo de Gavarnie, famosa zona de escalada en hielo, ya que forma un semicírculo de paredes verticales por las que bajan numerosas cascadas que en invierno se congelan, generando todo un campo de juegos para los amantes de esta escalada. En verano sin embargo las cascadas bajan ruidosas y esbeltas, algunas cayendo desde cientos de metros de altura, con lo que el paisaje merece la pena sobre todo por la ruta que sigo que baja muy cerca de la pared. A veces es necesario destrepar tramos rocosos y finalmente una larga rampa de roca conduce a las graveras y prados del fondo.
El día se ha quedado finalmente muy soleado, aunque las cumbres presentan alguna nube en movimiento, por lo que al llegar a la carretera y albergues del valle, el lugar se encuentra lleno de personas tumbadas en la hierba , cosa que imito para refrigerar mis pies después de 600 metros de subida y 1500 metros de vertiginoso descenso.
Media hora después salgo de nuevo y tomo un bonito sendero, que asciende suavemente por la ladera del valle hacia el refugio de Spiguetes. Camino entre bosques de pinos y bajo paredes que forman abrigos con cortinas de agua que caen de las cornisas. Cuando el bosque está a punto de desaparecer, en un claro paso junto a un refugio de postal, todo de madera con afiladas montañas al fondo y prados alrededor, una maravilla, que dejo atrás con tristeza, para ascender lentamente por un empinado sendero hacia el refugio de Spiguetes. En frente veo las montañas que he cruzado, con la Brecha, el Taillón a su lado y al fondo más a la derecha el Vignemale, con su glaciar colgado.
Llego al refugio y recupero el aliento; son las cuatro de la tarde y llevo ya ocho horas andando con fuertes desniveles, pero no me apetece pasarme el resto de la tarde allí, así que decido seguir hasta el collado y descender por el valle de Estaubé hasta donde pueda. El ascenso al collado por un sendero en las pedreras se me hace duro por lo cansado que estoy y el calor, pero alcanzo el paso de montaña y una agradable brisa me refresca mientras descanso y observo el panorama.
Una vez recuperado desciendo por más pedreras hasta alcanzar verdes praderas en las que pastan vacas y ovejas. A mi espalda queda la Tuca Roya. Sigo el sendero paralelo al río, que va haciéndose cada vez más grande y caudaloso con algunas cascadas, hasta llegar a un pantano que marca la cercanía de la civilización. Son las 20:00 y estoy terriblemente cansado después de 12 horas de pateo con un desnivel de subida total de 1300 metros y 2200 metros de bajada, por lo que busco un lugar donde descansar y pasar la noche.
Una caseta con porche al pie del pantano tiene un cartel de prohibido acampar y el porche rodeado de tela metálica, pero un agujero en su base indica que sigue usándose de albergue habitualmente, por lo que yo hago lo mismo y duermo en ese lugar con el ruido del río de fondo.

A las 07:00 del tercer día estoy ya en marcha por la carretera asfaltada que sube al pantano, y que a su vez desemboca en otra carretera que conduce al pueblo de Heas, donde llego sobre las 08:00. Este pueblo se encuentra dentro del imponente circo de Troumousse. Dejo la carretera y tomo un empinado sendero, que me lleva a un hermoso valle colgado donde numerosas vacas pastan al otro lado de un lago que cubre parte del valle. Bebo agua en una fuente con imagen de virgen incluida y asciendo por el extremo final del valle, que parece cerrarse sin salida, pero que ofrece un sendero estrecho que asciende por unas empinadas lomas hasta llegar a otro valle colgado sobre el anterior, pero de grandes dimensiones, con varios kilómetros de largo y dos o tres de ancho. Debo cruzar el valle para alcanzar la ladera izquierda, donde un camino de nuevo en las pedreras me lleva a un disimulado collado (Hourquette d’Héas), que conduce al valle siguiente, de gran profundidad y belleza, pero en el que ya resuena al fondo el sonido de una excavadora, que no presagia nada bueno para su futuro.
En la misma cabecera del valle vuelvo a subir otro collado (Hourquette de Chementas), y paso al siguiente valle, valle de Géla, que también bordeo por la derecha ascendiendo camino del refugio de Barroude, que es mi objetivo matutino. Este refugio se encuentra en una llanura colgada por encima del valle, con varios pequeños lagos, y al pie del collado de Barroude, que conduce a España, es un lugar bonito y adecuado para descansar y comer algo, ya que son las 14:00.
Media hora más tarde asciendo hacia el collado y desde él contemplo la zona española y sobre todo el vertiginoso valle que tengo a mis pies, y cuyo fondo está 700 metros más abajo. Cascadas de blanca agua caen desde las paredes de enfrente de este desolado collado barrido por el viento. Un poco más abajo en el lado español, los restos de unas precarias cabañas que probablemente fueran el precario albergue de los guardias de fronteras, que vigilaban el valle y a los inevitables traficantes.
Mientras desciendo por el empinado sendero medio en ruinas pienso en las numerosas personas que allá por el año 1939 y en pleno invierno, tuvieron que ascender por este valle y por otros cercanos para escapar de la bolsa de Bielsa, camino del exilio francés. Un poco más abajo me cruzo con otro solitario caminante en sentido contrario y más tarde con un numeroso grupo de sarrios, que buscan sal en un claro del pasto. El valle es recorrido ahora por un ruidoso río, que de pronto desaparece bajo las piedras para surgir de nuevo más abajo, ya en medio de bosques heridos por las avalanchas.
El camino se junta con los restos de una canalización de agua para la electricidad, que parece no soportó los embates de las avenidas y derrumbes, y que se encuentra destrozada y abandonada. Finalmente este valle desemboca en la carretera que conduce al túnel internacional de Bielsa, y que yo sigo en dirección contraria hacia el pueblo de Parzan, donde llego a las 19:00 muy cansado.
Entro en el bar de la gasolinera y tomo unas cervezas, rodeado de franceses que da la impresión, son del pueblo del otro lado de la frontera, que se acercan aquí a tomar algo, no parecen turistas. Tras dar varias vueltas por el lugar, decido ir a cenar a un hostal y una vez allí sucumbo a los placeres de la vida civilizada y me quedo a dormir en una cama blandita después de una ducha reconfortante. Resulta ser un lugar agradable y cálido, donde paran varios excursionistas que hacen el GR-11.

Me queda una corta etapa hasta volver a Pineta y al coche, por lo que no madrugo y salgo a las 09:00, por la carretera que asciende el Valle Real, hacia el pueblo de Chisagües, por encima del cual sigue una pista hacia las minas y prados de lo alto. El valle es muy grande y profundo y en lo alto forma un circo, con el monte de la Munia coronándolo todo.
Asciendo por un sendero hacia lo alto de un collado que separa este valle del de Pineta, y al llegar disfruto de un espléndido paisaje, con el Perdido y su glaciar brillando al sol, y las cascadas que bajan del circo de Pineta, más esbeltas que nunca. Enfrente está en collado de Añisclo, donde empecé mi excursión y que ahora veo libre de nubes, toda una gozada. Sigo un pequeño y curioso valle colgado, asiento seguro de un antiguo glaciar, que me deja en unas praderas con sus vacas y pastores y que están justo encima del parador de Pineta, que puedo ver a mis pies desde un picacho que sirve de mirador sobre el valle.
Pronto empieza el bosque, por el que circula el sendero y llego al valle colgado, que parte del fondo de Pineta, y en el que encuentro numerosos turistas que suben hasta allí desde el valle. El día es radiante y desciendo ligero por el sendero hasta el aparcamiento, donde me espera el coche y el descanso. Son las tres de la tarde y como algo a la sombra de los árboles.
Una ducha por el morro en el camping , y debo decidir si quedarme un par de días más o volver al pueblo, cosa que finalmente hago, ya que necesito un descanso antes de volver al curro el lunes.
Las sensaciones que he tenido en el viaje han sido muy buenas, no acusando apenas la soledad, ni siquiera en las largas noches de la montaña, donde no hay TV, ni bar ni nada. Un libro ha sido suficiente para pasar las horas de descanso. Por otro lado jornadas de 10 ó 12 horas de pateo, sin nadie con quien hablar, acentúan la actividad cerebral y comienzas a pensar en todo tipo de cosas y situaciones, lastima que ya no recuerde la mayoría de ellas. Finalmente otra de las cosas que resultan diferentes, es la libertad total de que se disfruta, al no tener que contar con nadie para decidir el camino, la comida, el descanso o lo que sea, cosa que hoy en día se da pocas veces en nuestra vida cotidiana, siendo preciso contar con los demás para todo. Ciertamente esta sensación es distinta y única.
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