Cuadernos del Valle del Asón
Nº 2 Junio 1999 - Página 27-28
Lunes 28 de abril de 2003, por José González Hierro

Es la pregunta del millón. Por qué‚ escalamos montañas, bajamos cuevas, descendemos ríos, etc. Por qué‚ este riesgo gratuito sin, al parecer, contrapartida en forma de recompensa.
Y yo a mi vez pregunto: -¿y porqué‚ una recompensa?
¿Es que acaso nuestras voluntades han de estar siempre condicionadas?, ¿nos limitaremos a ser como los perros de Pavlov, babeando al sonido de una campana?
Donde dejamos, si alguna vez la tuvimos, la inspiración de movernos por el placer mismo del movimiento. Siendo éste un fin en si mismo.
La pregunta ¿porqué? surge de un mundo mediatizado, pragmático y lógico. Y yo sé‚ la respuesta, como la sabe todo aquel que comparte estas aficiones. Pero saber la respuesta es una cosa y contestar la pregunta es otra bien diferente.
Lo voy intentar‚ parafraseando a Mallory.
¿Por qué subís montañas? - le preguntaban.-
Porque están ahí.- Era su lacónica respuesta.-
Ni más ni menos. Porque están ahí. Y ésta es una excusa lo suficientemente buena como para intentar subir una montaña o bajar un río.
¿Y el sufrimiento físico, el cansancio, el frío?
Ya lo dijo el poeta:
"El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces".
Cuanto más penosa es una ascensión, más comprometido un paso, tanto mayor es la satisfacción de haber superado ese obstáculo que tú, libre y cabalmente, te has impuesto.
Y la clarísima percepción de que la felicidad es ese camino que seguimos, cuyo fin es la consecución del objetivo auto impuesto (dígase una escalada, una cima, un tramo escabroso de río, una sima, etc.), nos hace olvidar esos malos, malísimos momentos, que todos hemos conocido. Momentos en los que sólo piensas en no volver a "embarcarte" en un lío de estos. O en que te recriminas el haber iniciado algo de tal calibre.
Pero son momentos que, una vez superados, se recuerdan con un "algo" de nostalgia (¿seremos masocas?), orgullo y buen humor.
¿Y la posibilidad de que haya un accidente?
Quizá esta búsqueda voluntaria del riesgo no sea más que un atávico acto que nos una a esos antepasados nuestros para quienes el riesgo físico nada tenía de lúdico.
Que el riesgo existe es innegable. Como, potencialmente, existe en la mayoría de las labores humanas. Un riesgo en estos casos nunca elegido ni, desde luego, disfrutado.
¿Disfrutado?
Si, disfrutado. De hecho, estas actividades producen una levísima adición a la adrenalina.
En cualquier caso, un buen entrenamiento, un adecuado material, un conocimiento correcto de las técnicas y una equilibrada percepción de las limitaciones personales, rebajan los riesgos a una mínima expresión.
Pero todo no es dar. También se recibe, y mucho.
La ilusión de vivir el "día a día" con el pensamiento puesto en un objetivo que promete momentos perdurables.
La satisfacción de compartir un sueño con buenos amigos e intentar llevar la empresa (no las hay grandes ni pequeñas, todas son vitales) a buen fin.
El comprobar "in situ" como tu cuerpo (cual si de un ente ajeno a ti se tratara) responde a los retos que le auto impones, complaciéndote (¿vanidad u orgullo?) al corroborar que las horas de entrenamiento no fueron en vano.
Y el vivir inmerso en un mundo, participar y sentir que formas parte de un algo (al fin y al cabo, como animales sociales que somos, necesitamos sentirnos aceptados en un grupo).
Todo esto: ilusión, satisfacciones espirituales, bienestar físico y psíquico (valores todos ellos no ponderables), hacen del deporte de aventura una filosofía de vida.
Más que como un deporte, yo lo veo como una forma de vida.
Así que ¿por qué?
Para vivir