AER

Cuadernos del Valle del Asón

Montañas de Irán

Nº 6 Diciembre 2001 - Página 11-17

Viernes 2 de mayo de 2003, por Pedro Merino Múgica (Fecha de redacción anterior: diciembre de 2001).

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Republicanos en la cima del Damavand (5.671)
Autor: © AER

A primera vista Irán no parecía el mejor lugar para ir a hacer montaña. La mala prensa del régimen chiíta ha convertido la imagen de este sitio en un cúmulo de tópicos integristas. Pero más allá de dichos tópicos, se esconde un país increíble, con una gente cuya amabilidad y corrección hemos olvidado en España hace tiempo. Nuestro objetivo era subir al Damavand, el monte más alto del país, con 5.671 metros, situado al sur del Mar Caspio, en el Macizo de los Alborz, para lo que previamente aclimataríamos en una zona cercana.

Teherán

El primer día tras llegar a Irán lo dedicamos a conocer un poco la capital, Teherán. Con una población entre 9 y 12 millones de habitantes (ni siquiera las estadísticas saben a ciencia cierta el número exacto) lo primero que nos llama la atención es la alocada conducción. No exageraban las guías cuando recomendaban coger un taxi para cruzar de una acera a otra en las calles principales, ya que te la jugabas.

Visitamos el bazar de la capital, enorme y muy concurrido. Dividido por "gremios", en él podemos encontrar desde telas a pistachos, pasando por especias, alfombras, miniaturas en hueso, orfebrería... Todo ello conforma un abigarrado conjunto en el que unos europeos desde luego no pasábamos inadvertidos. Somos objetivo prioritario de los vendedores de alfombras, ya que los elevados precios de una alfombra de buena calidad supone un ingreso enorme para estos comerciantes. No parecen comprender que no es lo mismo un yanki con visa que un español con mochila, así que se empeñan en invitamos a té caliente, con la esperanza (vana) de colocamos alguna alfombra.

Por la tarde aprovechamos para visitar el Museo Nacional Iraní, único lugar donde vemos algún europeo mientras estamos en la capital. Dividido en dos edificios, en el primero podemos ver piezas de época prehistórica y preislámica, mientras que el segundo abarca desde los inicios de la época islámica hasta el S.XVIII. Objetos prehistóricos, sasánidas, aqueménidas, seleúcidas... conviven con coranes de más de 700 años, arcas de madera finamente labradas, labores de orfebrería, alfombras de seda con cientos de años... Un paseo por los parques de la capital (los iraníes son muy aficionados a pasear por ellos) mientras comemos algunos de los famosos dulces iranios remata la tarde. Aquí podemos ver cómo una pareja de enamorados es "disuelta" por uno de esos hijoputas guardianes de la moral. Aunque cuando éste se da la vuelta, la pareja se reúne de nuevo tras un seto. La sensación que nos da, reforzada durante los días siguientes, es que gran parte de la población, sobre todos los jóvenes, no tiene en demasiada estima a los ayatollahs. Desde luego, nada que ver con la imagen que nos venden de un país retrógrado y antioccidental. La gente está deseosa de hablar con los extranjeros, siendo extremadamente amables con nosotros (en general, ni siquiera tratan de timarnos).

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Subida al Sarchal
Autor: © AER

La aproximación

Al día siguiente, y tras aguantar las casi seis horas de autobús llegamos a Roodbarak, punto de partida para nuestro periplo aclimatador. El resto de la tarde lo dedicamos a pasear por el pueblo, comiendo pasteles y bebiendo té. Alojados en el refugio de montaña de la Federación Iraní de Montaña, preparamos el material y los víveres para los próximos días en los que nos encontraremos en altura.

A la mañana siguiente, temprano, cargamos todo el material en un par de Mazdas, y nosotros nos colocamos encima de él. Una hora por una pista polvorienta nos sitúa en Kaljaran Cross, donde pasamos el material a los lomos de las mulas, que no simpatizan demasiado con nosotros.

La primera jornada de pateo nos lleva al refugio Sarchal, situado a 3.850 metros. El refugio se sitúa cerca de la unión de dos valles glaciares, con unas vistas magníficas sobre los montes circundantes: Takht-e-Soleyman, Alamkoúh...

En el refugio se encuentran bastantes iraníes, y pronto nos colocamos en una de las habitaciones, que ocupamos al asalto. Se nota a la gente más relajada, las mujeres llevan los pañuelos (obligatorios en el país para todas) caídos sobre la nuca, y con ropas más occidentales, aunque muchas siguen llevando el chador encima de todo. Aquí encontramos a algún europeo, aunque para ser el lugar de ascensión de las mayores cimas del país (salvo el Damavand), el porcentaje es ínfimo.

Nada más llegar al refugio nos encontramos con el primer problema: el agua. Los tres años de sequía que asolan al país han hecho desaparecer prácticamente del todo los glaciares de la zona, y el agua escasea. Apenas tenemos unos neverones de hielo negruzco, que prometen toda clase de infecciones. Encontramos una "fuente" unos 100 metros por encima del refugio, con un goteo tan leve que nos obliga a cargar con vasos y pasarlo a bidones de 20 litros que acarreamos al refugio. Cuando bajamos, como no, nos enteramos de que hay agua bastante más cerca.

Tras cenar nos acostamos en las literas corridas del refugio, tratando de dormir entre los cánticos y gritos de los iraníes. A media noche la altura (todavía escasa, pero desde los 3000 estoy "batiendo" mi récord) hace de las suyas, y la nariz me comienza a sangrar. Salgo al exterior, donde una magnífica luna llena ilumina todo el valle desde encima del Chalon, mole rocosa situada delante del refugio. Disfruto de un rato de tranquilidad, tan escasa en estos viajes, siempre rodeado de gente, antes de volverme al saco.

El Takht-e-Rostam (4.500) y el RostamNesh (4.426)

Nuestro primer día de ascensión lo dedicamos a un par de cuatro miles fáciles. Desde el refugio ascendemos a un collado situado a 4.100 metros, desde donde podemos ver los valles situados al Oeste, tan áridos y estériles como los de esta vertiente. Desde el collado, nos dirigimos hacia el Takht-e-Rostam, de 4.500 metros. Desde allí tenemos magníficas vistas del Takht-e-Soleyman ("Trono de Salomón), el tercer monte más alto del país y que trataríamos de ascender al día siguiente. También podemos disfrutar de la panorámica sobre el Glaciar del Soleyman, el del AlamChall... Tras un breve descanso en la cima, nos dirigimos hacia el RostamNesh, de 4.426 metros (y que en el mapa iraní aparece cambiado con el Takht-eRostam), con vistas sobre las estribaciones Oeste del macizo.

Después nos dirigimos por la pedregosa planicie hacia el collado, y mientras algunos optan por bajar al refugio, otros nos acercamos a otras dos cimas secundarias de unos 4.100 metros, y desde la última de estas, bajar al refugio por una empinadísima pendiente pedregosa. Pasamos el resto del día descansando, leyendo o escribiendo, hasta la hora de cenar, tras lo que nos acostamos. La mayoría pasa mejor noche que la anterior, aunque alguno apenas duerme. Contribuye a develarnos los continuos paseos de un ratón desde su escondrijo hasta nuestra despensa....pasando por detrás de nuestras cabezas.

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Hacia el Takht-e-Rostam
Autor: © AER

Takht-e-Soleyman (4.659)

A las seis de la mañana nos levantamos, y tras un rápido desayuno nos dirigimos hacia el Glaciar del Soleyman. Me encuentro bastante mal; no he dormido y la altura hoy me da de lleno. Me siento muy raro, como si estuviera en el cuerpo de otro, y no me entero de nada. Me hablan y contesto mecánicamente. Sin embargo, no me encuentro muy cansado, simplemente "alienado". Esa dejadez que me invade hace que el paso por las enormes rocas de las morrenas del glaciar se convierta en algo peligroso, ya que apenas presto atención a donde pongo los pies en los temblorosos bloques. Al de poco más de dos horas de pateo, la suave pendiente del glaciar se convierte en una empinada pedrera que asciende por la cara SE del Soleyman. La total ausencia de nieve y la elevada pendiente hace que tengamos que extremar las precauciones en la subida, ya que caen muchas piedras, y aunque muchas se acaban frenando, otras se precipitan hacia nuestros compañeros. A escasos 100 metros de la cima nos encontramos con el paso más complicado, un cuello de botella en roca en la que nos toca trepar. No es difícil, pero cualquier piedra que tiramos cae sobre el compañero que viene de tras, por lo que toca esconderse bajo un extraplomo. Tras este paso, apenas nos queda otra cosa que ascender suavemente hasta la cima.

Picamos algo allí, disfrutamos de las vistas (Alamkouh, Takht-e-Rostam, Sarchal...) y comenzamos el descenso. En el cuello de botella Tamayo coloca una cuerda para facilitar el descenso, ya que el destrepe es algo expuesto. Al bajar Neus, un enorme bloque de piedra se desprende, arrastrando un verdadero alud de piedras que nos deja a todos sin aliento durante unos instantes. Tras comprobar que solo ha sido un susto y que nadie ha sido alcanzado por la destorrengada, continuamos el descenso haciendo marcadas zetas para evitar los impactos con las piedras. En la bajada he recuperado bastante, y no encuentro problemas para destrepar algún pequeño resalte existente. A comienzos de la tarde llegamos al refugio, dedicándonos al relax y comentando la ascensión. Por la noche Hombruk, nuestro "traductor" (apenas sabe inglés, a pesar de que nos asegura que dos días por semana va a Teherán a recibir clases, y a todo contesta "thank you") nos muestra una cabra salvaje que han cazado unos amigos, y promete una suculenta cena para el día siguiente (es necesario cocer la carne durante muchas horas, para ablandarla lo suficiente para hincarle el diente). Nos acostamos temprano, a que al día siguiente madrugaremos para tratar de subir al Alamkou. Algunos deciden descansar ese día y quedarse en el refugio, mientras que otros preferimos subir al Chalom, un "4500" fácil situado al otro lado del collado por el que se asciende al Alamkou.

Alamkouh (4.850) y Chalon (4.516)

A las tres de la madrugada nos levantamos, y poco después nos ponemos en camino hacia el Chalom Pass, de 4450 metros. El paseo nocturno por el glaciar es de lo mejor de todo el viaje. La luz de la luna llena hace que las frontales sean innecesarias, y caminamos en silencio, en una pequeña fila india de figuras borrosas que apenas se intuyen entre las sombras de los bloques morrénicos. En la alborada el frío se hace más intenso, justo antes de comenzar a subir hacia el collado. He caminado con la ropa abierta, y ahora comienzo a pagar mis calorías: un sordo dolor de tripas comienza a hacer mella. Comenzamos con las primeras luces del alba la subida al collado junto con un grupo de iraníes que se dirigen también hacia el Alamkouh. La subida es fácil, pero tan expuesta a las caídas de rocas como la de ayer, o más. Extremamos las precauciones, pero es inevitable que algo caiga, aunque afortunadamente no hacemos "blanco’ con nuestros compañeros. Al llegar al collado, nos dividimos en dos grupos: unos se dirigen con el guía hacia el Alamkouh, mientras que los acojonados optamos por el Chalom (4.516 metros). Permanecemos en el collado hasta que el grupo del Alamkouh desaparece tras los contrafuertes al Este de la cima, con pasos bastante expuestos y un patio "interesante". Después, nos dirigimos cresteando hacia el Chalom, sin mayor problema que algún pequeño destrepe. Disfrutamos de las vistas de los valles glaciares situados más al Sur, tan áridos y vacíos de nieve por la tremenda sequía como aquellos en los que nos encontramos, y después bajamos por una canal paralela a la que hemos utilizado para subir, con los ya habituales problemas con las piedras. Ya en el glaciar esperamos al grupo del Alamkouh (tres han logrado hacer cima). Juntos volvemos por el glaciar hasta el campamento, donde el resto del día lo dedicamos a no hacer nada que exceda las funciones vitales mínimas.

El día siguiente bajamos de nuevo a Kaljaran Cross, y desde allí a Roodbarak, al refugio de la Federación. Una buena cena a base de kebash (como no), nos repone lo suficiente para ir pensando en la ascensión al Damavand, plato fuerte del viaje.

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Glaciar del Alam Chall
Autor: © AER

Camino del Damavand

Dedicamos el día siguiente en ir desde Roodbarak hasta Reyneh, punto de partida para la ascensión al Damavand (5.671 metros). Por al camino no podemos desaprovechar la oportunidad de bañarnos en el Mar Caspio, en una pequeña playa magnífica, con el calmo mar a un lado y altas montañas con laderas de vegetación lujuriosa, nada que ver con los páramos que habíamos frecuentado hasta entonces.

Llegando a Reyneh nos encontramos con la primera sorpresa: nieve. A pesar de ser casi un seis mil, las noticias que teníamos eran de que apenas había manchas de nieve en el Damavand, debido a la pertinaz sequía, y no llevamos mucho material. En el refugio nos informan de que lleva una semana con buen tiempo por las mañanas, empeorando a partir del mediodía, para ponerse feo durante la tarde y noche. Como el dormitorio no es muy grande, Luis y yo dormimos en el porche del refugio, donde disfrutamos de una pequeña tormenta eléctrica. Mientras no nos pille arriba... De madrugada nos despierta la llamada a la oración del cura de turno, reafirmando mi profundo odio por cualquier tipo de religión. Tras el desayuno, unas camionetas tan destartaladas como las de Roodbarak nos acercan hasta una mezquita sita a 3000 metros, donde comenzamos el pateo hasta el campo base del Damavand. Es aquí cuando tenemos la primera vista buena del Damavand, una montaña verdaderamente bonita, con su parte superior nevada y un penacho de nubes permanente estos días en su cima.

Subimos tranquilamente, cruzándonos con muchos iraníes que bajan del refugio. Sólo algunos han hecho cima, y dicen que por las tardes se pone feo. Llegamos al refugio, en mucho peor estado que el Sarchal. Buscamos un lugar donde plantar las tiendas, que llegan poco después a lomos de las sufridas mulas. El lugar que hemos elegido Pabli y yo se revela como "poco adecuado", y cuando el viento y la nieve arrecian, optamos por una retirada estratégica, pidiendo asilo en la tienda de Gaizka. Ciertamente, el tiempo empeora por la tarde, y apenas salimos del refugio o de la tienda. Tras cenar nos vamos al saco, con idea de tirar hacia la cima a eso de las tres de la mañana, si el tiempo lo permite. Pero no lo permite: las nubes se comen todo lo que hay poco más arriba del refugio, y aunque a las tres no nieva, tiene mala pinta. Paso una mala noche en una esquina de la tienda, que más parece un desplome que otra cosa, y a eso de las siete nos acercamos a desayunar al refugio.

Un grupo de franceses decide bajarse, mientras que parte de un grupo de italianos trata de hacer un intento que fracasa, por lo que optan por bajarse también. Asimismo, desaparecen la mayoría de los iraníes que allí están, ante al cariz que toma la meteo.

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Campo Base del Damavand
Autor: © AER

Ascensión al Damavand

Decidimos esperar un día más para tratar de hacer cima al día siguiente; nos quedamos casi solos en el refugio, aunque a lo largo del día aparecerá un grupo de alemanes, otro de japoneses (como no) y varios iraníes. Se hace eterna la espera, y el progresivo empeoramiento del tiempo nos hace pensar que hemos hecho una tontería no bajando inmediatamente. El día se hace eterno, sin ganas de hacer nada, y con una clara sensación de fracaso. Por lo menos nos entretenemos haciendo sufrir al guía iraní diciéndole que aunque se caiga el cielo subiremos mañana a las tres hacia la cima, cosa que no le hace nada feliz.

Nos retiramos a la noche quedando que si a las tres el tiempo da cuartelillo, tiraremos para arriba. La tormenta que cae en ese momento hace que sea una esperanza sin fundamento, pero...A las tres el cielo parece bastante despejado, la tormenta se ha alejado considerablemente, y decidimos tratar de subir. Un desayuno rápido, y comenzamos la ascensión. Muy pronto nos separamos todos, cada uno atendiendo sólo a su particular ritmo de ascensión, ni forzando para acoplarse al de otro ni esperando. Así gran parte de la ascensión la hago sólo, aunque casi siempre con alguien a la vista. La subida no tiene ninguna dificultad técnica, sólo la altura, el elevado desnivel (más de 1500 metros, que a estas alturas es bastante), y el frío, que si bien no es exagerado, con nuestro escaso material se nota bastante. El último tramo subo con Wylly y tres iraníes, duros como un saco de martillos. Sufro bastante en el último tramo, sobre todo al final, cuando al boquear para recuperar el aliento me meto en una zona de sulfarolas, con lo que el boqueo se convierte casi en un vómito. Los últimos pasos los doy medio zombi, y de pronto me encuentro entre dos enormes bloques velados por una espesísima niebla. La visibilidad es de unos pocos metros, que impiden ver nada de las magníficas vistas que la cima más alta de Irán proporciona. Un par de placas de metal indican la cima, y allí nos hacemos unas fotos con los iraníes. Estos, muy amables, me ofrecen un refresco con gas, que bebo ávidamente (mi agua está congelada, y tengo un fuerte dolor de garganta desde hace días). Claro que se me había olvidado que a esa altura, las bebidas gaseosas tienen una fuerza más que considerable, y echo el "Sprite" iraní por la nariz, ante las sonrisas de los demás. Bajando nos encontramos con alguno de nuestros compañeros, ya cerca de la cima. Espero un rato algo más abajo, pero la insensibilidad que noto en los pies desde hace unas tres horas hace que al de 40 minutos opte por bajar. Bajo completamente solo, aunque la huella en la nieve no ofrece ninguna dificultad de orientación, a pesar de la niebla. Finalmente llego al campamento, donde recogemos todo para continuar el descenso hasta la mezquita situada a 3000. Así, el desnivel de hoy es de más de 1500 metros de subida y 2700 de bajada, una buena paliza. La bajada se realiza sin problemas, y tras recoger el resto de nuestras cosas del refugio de Reyneh, montamos en el autobús camino de Isfahán, a más de seis horas de allí. Podemos disfrutar de nuevo de la conducción iraní, con justa fama de ser la más alocada del mundo: adelantamientos triples, salto de mediana en autopistas, coches en dirección contraria por los arcenes de las autovías, túneles de más de un kilómetro sin sistema alguno de ventilación, camioneros que conducen mientras se preparan un te con un pequeño braserillo bajo el asiento... no apto para cardíacos. Por fin llegamos a Isfahán a la una de la mañana, muertos de sueño. Se acabó la montaña para nosotros. Allí nos enteraremos que el mal tiempo que hemos tenido en altura, en el valle se ha traducido en unas catastróficas inundaciones, con más de 500 muertos. Ya habíamos visto ríos desbordados y carreteras medio cerradas por derrumbamientos, pero no imaginábamos que fuera para tanto. Tres años de sequía han acabado de forma tan brusca como trágica.

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Ascensión al Damavand
Autor: © AER

Isfahán

Los dos días siguientes los dedicamos a ejercer de turistas en Isfahán, sin duda uno de los lugares más bellos de Irán. Allí disfrutamos de la Plaza del Imán, una de las más grandes del mundo, con su preciosa mezquita; el bazar (más de 5 kilómetros) donde se puede encontrar prácticamente de todo, las teterías donde el té y las pipas nos reponen del cansancio acumulado los últimos días, los famosísimos puentes de la ciudad, los minaretes basculantes, el barrio armenio, el templo de Zoroastro ... Conocemos a gente peculiar como Alí, un disidente del régimen exiliado durante años y que trabajó en Madrid, Sudamérica, Alemania... ejerciendo los trabajos más variados: buzo, guardaespaldas... Persona inquieta, muy viajera, se encontraba de paso en Isfahán, y fue un magnífico cicerone.

Por fin el último día lo dedicamos al viaje de regreso a Teherán, y de camino paramos en Qom, la "fábrica de curas" (en palabras de Tamayo) de Irán, una especie de Vaticano chiíta. Fue el único lugar donde no nos encontramos a gusto, quizá por ser uno de los reductos del integrismo chiíta, ya que en los demás lugares donde estuvimos la gente se caracterizaba por su simpatía, amabilidad y talante abierto. Visitamos también el Mausoleo de Jomeini, cerca de la capital. Una especie de Valle de los Caídos muy frecuentado por los iraníes, aunque a la mayoría no se les veía especialmente devotos con el hijoputa del sarcófago. Pudimos ver un acto de homenaje al "bicho", que me recordaba a las procesiones de la Semana Santa.

Al día siguiente cogimos el avión en Teherán, tras una pequeña pelea con un grupo de italianos (los latinos tenemos que montarla allí donde vayamos) y tras 18 horas de viaje llegamos de nuevo a casa. Aquí nos esperaba lo de siempre: atentado de ETA, profesores de religión expulsados por casarse con divorciados, dinero de la Iglesia en Gescartera (dirigida por gente del Opus), el show de Milingo...Y luego dicen de los chiítas, cuando tenemos nuestros propios ayatollahs bien instalados en nuestros país, y financiados con dinero público. Manda huevos.

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