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Cuadernos del Valle del Asón

La otra cara del Mirón

Nº 3 Abril 2000 - Página 39-40

Lunes 14 de abril de 2003, por Ramiro Madrazo Fernández


Tras cuatro campañas entre vosotros, el equipo de arqueólogos de El Mirón se ha convertido en un referente ya habitual en los veranos de Ramales. En estas mismas páginas Manuel R. González Morales, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Cantabria y director del Proyecto Mirón, se ha encargado de haceros llegar las últimas novedades de la campaña arqueológica de 1999 [1], cumpliendo un año más con uno de los principales objetivos del proyecto: hacer partícipe de nuestros resultados a la sociedad y, muy especialmente, al pueblo de Ramales y su comarca. Sin embargo, en esta ocasión se nos ha dado la posibilidad de completar esa información y ofrecer a los lectores de esta revista una visión de la otra cara de una campaña de excavación arqueológica, explicar qué hay detrás de esa gente que todos los veranos se convierten en ramaliegos de adopción y convive con vosotros durante dos meses.

Lo cierto es que no es fácil explicar la razón que nos lleva a reunirnos todos los veranos en Ramales, cuando lo lógico sería aprovechar nuestras vacaciones para disfrutar de la playa, de la familia, de los amigos...Por el contrario preferimos, en un acto que algún psicólogo no dudaría en calificar de masoquista, embarcarnos en una empresa que garantiza duras jornadas de trabajo de ocho, diez o doce horas. Entonces, ¿cuál es la explicación?, ¿Qué cáliz milagroso nos ofrece El Mirón? Aunque seguramente omita algunas, varias son las respuestas: la posibilidad de participar en una excavación arqueológica, la oportunidad de reunirse con viejos amigos, además de conocer a otros, y, por último, el perfecto marco de hospitalidad y amabilidad con las que nos han acogido sus gentes, con muchas de las cuales estoy orgulloso de compartir amistad.

Lógicamente, la razón primera que nos impulsa a acercarnos a Ramales es la posibilidad que brinda El Mirón de participar en una excavación arqueológica de primera magnitud, tanto a escala regional como nacional. La totalidad de los participantes en este proyecto cursa estudios o es licenciada en facultades de Arqueología o de Historia, y la mejor forma de completar los conocimientos teóricos adquiridos durante los años universitarios es participar en estas campañas, donde el contacto directo con el registro arqueológico y el trabajo en laboratorio te plantean problemas y te enfrentan a situaciones cuya solución se presenta, en ocasiones, de imposible solución atendiendo únicamente a las clases recibidas en la universidad. En el caso concreto de El Mirón, desde la primera campaña se ha tenido como objetivo fundamental el desarrollo integral de esta faceta didáctica, formando profesionales mediante el intercambio continuo de información, la participación en todas y cada una de las numerosas etapas en las que se divide el trabajo (no sólo la labor en la cueva, que puede ser la más conocida, sino también las tareas propias del laboratorio: limpieza, clasificación, inventariado, almacenamiento, etcétera... del material) y, sobre todo, el fomento de un sentido de la responsabilidad que haga partícipe a todos y cada uno de los miembros del equipo de un proyecto común, cuyo éxito final depende del trabajo diario de todos nosotros, más que de las aportaciones puntuales y personales de determinadas personas.

Pero esta visión de la arqueología, meramente científica y pedagógica, quedaría inconclusa si no se hace referencia a la vertiente humana, a la increíblemente rica y variada red de relaciones personales que se establece entre las decenas de jóvenes, y no tan jóvenes, que cada año acudimos a Ramales. En estos cuatro años varios son los que han acudido a la cita puntualmente cada verano, convirtiéndose en caras ya conocidas por muchos de vosotros (desde Manolo y Lawrance, nuestros directores, pasando por miembros vitalicios del Proyecto Mirón como Maite, Ángel, Ziortza, Susana, Xesco, Gustavo, John, Rebeca, Ann...), pero hay que recordar que detrás de ellos se encuentran mucha gente sin cuya ayuda esta misión habría sido simplemente imposible. Aunque la composición diaria del equipo es de unas veinte personas, la estancia media viene a ser de un mes aproximadamente, por lo que al final de los dos meses que dura la excavación el número de participantes ronda los cuarenta, siendo su procedencia de lo más variada, tanto nacional (Galicia, País Vasco, Barcelona, Valencia, Madrid, Burgos y Soria) como internacionalmente (Francia, Portugal, Reino Unido, Irlanda; Canadá, Estados Unidos, Nicaragua, Argentina y Chile). A diferencia de otros trabajos, en una excavación la relación entre sus miembros no se limita a la jornada laboral, sino que se extiende a las veinticuatro horas del día, por lo cual las relaciones personales entran a jugar un papel fundamental. La diaria convivencia, la similitud de edades y nuestra afición/relación laboral por la arqueología explica en gran medida la existencia entre nosotros de fuertes y duraderos lazos de amistad fortalecidos tras largas jornadas de trabajo e inolvidables cenas y noches de conversación.

Posiblemente sea ésta una de las facetas menos conocidas de una excavación arqueológica, y, por lo menos personalmente, más gratificante y enriquecedora. La posibilidad de conocer otros lugares, otros países, culturas, personas, nos permite enriquecernos tanto profesional, arqueológica, como personalmente. La diaria conversación con tu compañero de cuadro en la cueva, o de mesa clasificando en el laboratorio, sabiamente complementada durante las multitudinarias cenas y las festivas noches veraniegas, explica la aparición de numerosas, profundas y duraderas amistades entre nosotros, amistades que, al fin y al cabo, son el mayor y más importante beneficio que El Mirón aporta a todo aquel que ha tenido la fortuna de pasar por allí.

No podía acabar estas líneas sin referirme a uno de los factores que más ayudan a explicar el fenomenal ambiente que se respira en El Mirón: el propio pueblo de Ramales. A la indudable belleza del entorno natural (Sierra del Hornijo, Pico San Vicente, La Pared, Río Asón...), y a la internacionalmente reconocida riqueza arqueológica (Covalanas, La Haza, Cullalvera...) se le une la hospitalidad y simpatía de sus gentes. Organizar, poner en marcha y mantener una empresa con veinte personas durante dos meses todos los años supone una inversión de tiempo, dinero y esfuerzo de considerables dimensiones (estancia, manutención, logística...). En el caso de Ramales todo este esfuerzo se ha visto reducido gracias a la absoluta predisposición de sus habitantes a atender todas y cada una de nuestras peticiones, por muy nimias que pudieran parecer. Ayuda que tiene su primera prueba en la constante y fluida relación que hemos mantenido desde el primer momento con el Excelentísimo Ayuntamiento de Ramales, siempre atento a nuestras necesidades y requerimientos, y con el que seguro seguiremos trabajando en años venideros.

Sirvan esta líneas finales para expresar nuestro más sincero agradecimiento a todas aquellas personas que nos prestaron su ayuda y, lo que es más importante, su amistad, haciendo de nuestra estancia Ramales una época inolvidable: a Toli y Cheche, por hacernos sentir como en casa, además de enamorarnos con su simpatía y generosidad ilimitada, a Rafa, por aguantarnos hasta altas horas de la madrugada, a Martín y la A.E.R., que siempre están dispuestos a hacernos partícipes de sus inacabables conocimientos sobre las cavidades de la comarca, y muy especialmente a Ángel y a Pencho, anterior y actual (respectivamente) guías de las cuevas de Ramales, cuya ayuda y dedicación al Proyecto Mirón va mucho más allá de su cometido profesional y que se han ganado con creces nuestro respeto. Admiración y, en mi caso personal, mi más sincera amistad. No están todos los que son, pero sí son todos los que están. Un abrazo para todos y nos vemos en El Mirón 2000.

Notas

[1] Este artículo fue escrito a finales del año 1999

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