Cuadernos del Valle del Asón
Nº 3 Abril 2000 - Página 15-19
Lunes 14 de abril de 2003, por Pedro Merino Múgica
A pesar de que la mayoría de la gente de la comarca ha oído hablar de la famosa batalla de Ramales en la I Guerra Carlista, muchos simplemente la asocian con la Verbena del Mantón (que se celebra el sábado posterior a la fiesta de San Pedro).
Sin embargo, la batalla de Ramales supuso mucho más que la instauración de una tradición en el pueblo. En la práctica resultó ser la última batalla de envergadura de esa guerra, que acabaría poco después con el Abrazo de Vergara.
Sin entrar en profundidades, basta decir que tras la muerte del rey absolutista Fernando VII, España se encuentra dividida ("grosso modo") políticamente en dos facciones: los partidarios de un régimen absolutista y los partidarios de un régimen de carácter liberal. Tanto en un campo como en otro las matizaciones y divisiones son muchas, habiendo (en el campo liberal) desde liberales moderados partidarios de una simple limitación del poder real hasta verdaderos republicanos.
Si la tensión política era evidente durante el convulso reinado de Fernando VII (Trienio Liberal, Década Ominosa...), a su muerte la situación se complica con la cuestión dinástica. Fernando VII había abolido la Ley Sálica, que impedía a las mujeres ser herederas de la Corona. Por tanto, correspondía a su hija Isabel convertirse en la nueva reina. Pero don Carlos, hermano de Fernando VII, no aceptaba este estado de cosas, considerándose a sí mismo como el verdadero heredero. En torno a él se fueron agrupando los elementos más reaccionarios, absolutistas, mientras que la regenta María Cristina (ya que Isabel era sólo una niña) se vio obligada a apoyarse en los elementos liberales. De todas formas sería una simplificación decir que los "carlistas" (término que usamos más por popular que por su idoneidad para hacer referencia a un heterogéneo movimiento) se reducían un grupo de acérrimos absolutistas. Gran parte del campesinado mísero se sintió atraído por ese carlismo, más que por afinidad ideológica, por su rechazo a la ideología liberal y burguesa que representaban los cristinos. Tampoco la simple identificación campesinado pobre-carlismo es muy acertada.
En resumen, no es una guerra dinástica (aunque ese elemento también se encuentre presente), sino política, e incluso con ciertos visos de "guerra social". Viendo en qué se convirtió el reinado de Isabel II probablemente la opción más inteligente (como suele suceder) fue la de los que optaron por no apoyar a ninguno de los dos bandos.
Cosa curiosa, en Cantabria se ubican la primera y última batalla importantes de esta guerra: la primera en Vargas y la última en Ramales, ambas con victoria liberal.
Al margen de las operaciones militares que se desarrollaron, sobre cuyos hechos no hay demasiadas discusiones, hay una cuestión de fondo sobre la que sí se ha polemizado: la actitud del General Maroto. Existen dos interpretaciones radicalmente opuestas: una afirma que Maroto estaba "vendido" a los liberales, y que su ineptitud en la batalla de Ramales fue deliberada. Emilio Herrera Alonso llega a decir de Maroto que era un masón como Espartero, un "Ayacucho", y que ambos recibían órdenes de Ultramar (en la más rancia tradición de los historiadores del Régimen de Paquito Medallas: si la culpa no la tenían los rojos, pues los masones, y sino, los judíos). Otros historiadores consideran que en la actuación de Maroto no hay nada peor que, a lo sumo, cobardía o incompetencia).
Probablemente, y como suele ocurrir, hubiera un poco de todo. Tonterías masónicas aparte, lo cierto es que pintaban bastos para los carlistas. Dentro de la Corte de don Carlos había un grupo más proclive a concertar la paz (marotistas), frente a los que eran partidarios de una lucha sin cuartel. Maroto no dejaba de darse cuenta de que la guerra estaba perdida, y eso debió reflejarse en sus decisiones ya fuera en un mero desinterés por una guerra perdida, o una actitud consciente de no alargar una lucha sin sentido (postura un tanto increíble por cuanto lógica en un militar de carrera de esta época). No en vano fue uno de los principales artífices del acuerdo de Vergara.

La posición con que contaban los carlistas en Ramales suponía un peligro no sólo para el resto de Cantabria, sino incluso para Asturias, ya que desde allí los absolutistas podían organizar partidas y hacer mucho daño. Espartero, consciente de ello, elaboró un plan al respecto, plan que fue criticado por parte del círculo de la Regenta. Sin embargo, la fe que ésta tenía en Espartero, la llevaron a apoyarlo.
Previamente a las operaciones en sí, Espartero ordenó maniobras de distracción en la zona de la Ribera Navarra, así como en los frentes de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa. Al mismo tiempo fue concentrando fuerzas entre la Rioja Alta y Villarcayo, juntando un total de 30 batallones de infantería encuadrados en 3 divisiones, 3 regimientos de caballería y 36 piezas de artillería, además de algunas compañías de ingenieros (pontoneros y minadores), y la habitual intendencia y sanidad. _Los carlistas contaban con 17 batallones de infantería, varias caballerías y 20 piezas de artillería (10 de ellas en el fuerte de Guardamino).
En el momento en que Espartero comenzó a mover sus fuerzas hacia Villarcayo, Maroto se percató de adonde iba dirigido el ataque, por lo que encaminó sus batallones (que en ese momento se dirigían a Bilbao) hacia el Valle de Carranza. Las fuerzas carlistas quedaron así establecidas: Maroto en Carranza con 8 batallones, y el general Latorre, con los 9 restantes, se dirigió hacia la zona que esperaban fuera atacada. Latorre apoyó el centro de su línea en Manzaneda, Biañez y La Molina, la derecha en Ramales y la izquierda sobre la Loma. Realizó cuatro enormes socavones en la carretera de Lanestosa para dificultar el avance de los liberales, y fortificó una cueva en la Peña Busta. Peña Lobera la llamaban en aquel entonces, aunque hoy en día se conoce como Cueva de Los Bloques, Cueva Callejo Cerezo o Cueva del Cañón. Actualmente es bastante fácil encontrar en su superficie restos de bombas. En ella se emplazó un cañón de a 4, y se guarneció con un teniente, un sargento y 25 voluntarios.
El 17 de abril llegó Espartero a Los Tornos, viendo los cortes en la carretera de Lanestosa. Durante 5 días trabajaron los zapadores en reparar los desperfectos, hostigados por los disparos de la guerrilla carlista. Se ocupó Herada, y el día 25 Lanestosa y Sangrices. También se ocuparon las Peñas de Ubal, gracias a la niebla. A continuación los liberales ocuparon las Peñas del Moro (que junto con la Busta dominan el paso entre Lanestosa y Ramales). Al mismo tiempo Espartero estudió la posibilidad de un ataque por Soba, pero pronto desechó tal idea (el desfiladero entre Soba y Ramales es aún más angosto, y fácil de defender hasta por un grupo muy pequeño). Así que se decidió a forzar las Peñas del Moro, del Mazo, y la cueva fortificada.
El 27 se lanzaron los liberales contra las posiciones que los carlistas aún mantenían en las Peñas del Moro y del Mazo, y tras una durísima batalla, el general carlista Latorre ordenó el repliegue. Debido a la mala planificación de la defensa, sufrieron más los carlistas defendiendo que los liberales atacando.
De mientras, la cueva fortificada representaba un gran problema para los atacantes liberales. Su posición privilegiada (dominando el valle del Calera, entre Lanestosa y Soba) provocó muchísimas bajas en las filas liberales. Espartero ordenó situar 8 piezas de artillería que batieron la cueva durante siete horas, lanzando unas 500 balas (un promedio de un disparo cada 50 segundos). En esa situación los carlistas debieron tener dificultades hasta para poder cargar el cañón. Ya hacia el final de la batalla Espartero ordenó sustituir los ocho obuses por otras piezas del mismo calibre pero diferentes características. Los carlistas -pocos quedaban ya de pie- se rindieron. Aunque no hay datos directos, viendo la relación de presos se supone que en la cueva murieron un teniente y siete soldados.
Durante toda la jornada Maroto no se atrevió o no quiso entrar en combate, manteniendo inmóviles las fuerzas que para tal fin tenía situadas en el Valle de Carranza.
Hasta el día 30 las posiciones se mantuvieron sin apenas cambios. Los liberales se dedicaron a ir eliminando algunos de los obstáculos que los carlistas habían colocado sobre el camino, mientras se mantenía un ligero cruce de fuego entre unas posiciones y otras.
Ese mismo día 30 los liberales lanzaron una ofensiva contra las posiciones avanzadas que los liberales mantenían en el Moro. A duras penas pudieron estos defenderlas hasta que llegaron refuerzos, y si Maroto hubiera intervenido probablemente no lo hubieran logrado.
El día 6 de mayo los pontoneros liberales tendieron un puente de caballetes sobre el Gándara, siendo hostigados continuamente por el fuego carlista. Pese a la precariedad de las condiciones en que trabajaban, lograron construir un sólido puente, capaz de soportar (aunque con desperfectos) la riada que bajó el día 7. Si el puente no hubiese resistido, toda la operación de Espartero se habría visto comprometida.
Dos casas fueron fortificadas por los carlistas a la entrada de Ramales; los liberales construyeron tres baterías para batirlas: una en el camino viejo, otra en el nuevo y una tercera más elevada para batir tanto Ramales como el fuerte de Guardamino. Posteriormente, en la madrugada del 7 al 8, construyeron otras dos baterías.
El día 8 los liberales abrieron fuego contra las casas fuertes. Los carlistas a su vez abrieron fuego contra los cañones de Guardamino. Tras destruir una de las casas completamente y la otra casi del todo, los cristinos avanzaron, siendo detenidos por carlistas parapetados entre los escombros. En ese momento, dos batallones carlistas (el 1º de Castilla y el 2º de Cantabria), se lanzaron contra los liberales, obligándoles a retroceder. La encarnizada lucha se inclinó del lado liberal cuando intervinieron tres escuadrones de caballería y un batallón de guías, que obligaron a retirarse a los carlistas al fuerte de Guardamino. Tras esta batalla el general Espartero estableció su campamento frente a Ramales.
Durante los días 9 y 10 un fuerte temporal obligó a la suspensión de cualquier tipo de maniobra militar, salvo los fuegos de hostigamiento entre unos y otros sin resultado ninguno. De mientras, los carlistas mejoraban sus fortificaciones.
El día 11 los liberales iniciaron un fuerte fuego contra el fuerte de Guardamino. Mientras, los pontoneros trataban de abrir una bajada al foso, pero la aparición de rocas y la rociera de balas se lo impidió.
Espartero decidió entonces llevar a cabo un ataque masivo, atacando de frente y por la izquierda de las fuerzas carlistas. Los carlistas fueron retrocediendo poco a poco, cediendo terreno lentamente y ofreciendo una brava resistencia, llegando incluso a realizar alguna tentativa de contraataque. Finalmente, y ya perdidas las últimas líneas de parapetos construidas en las cimas, huyeron hacia Gibaja con la intención de unirse a Maroto. Éste en ningún momento hizo intento alguno por enviar a sus fuerzas a la batalla. No en vano se encontraba continuamente observado por la división de la Guardia Real desde los Altos de Ubal.

Y es así como quedó sitiado el Fuerte de Guardamino, completamente aislado de las tropas carlistas. Incitándole el general Espartero a la rendición, el comandante Nicolás Susúmaga se negó a ello. Se iniciaron los preparativos para el asalto final que habría de realizarse el día siguiente 12 de mayo.
Esa madrugada llegó un mensaje de Maroto en el que proponía un canje de prisioneros liberales por los sitiados de Guardamino. Accedió Espartero, pero Susúmaga, creyendo que era un truco de los liberales, se negó a rendirse hasta que la orden le fuera entregada por un ayudante de Maroto. En la mañana del día 13 el teniente coronel Iturriaga y el coronel Manuel del Campillo entregaron la orden a Susúmaga, y pactaron con Espartero la entrega del fuerte.
Salió la guarnición desfilando y dejaron las armas ante los liberales. El general Espartero les dejó marchar previa promesa de no tomar las armas contra los liberales hasta que un número igual de los suyos hubiera sido liberado
La llamada batalla de Ramales, que duró 22 días, ocasionó 1.823 bajas entre muertos y heridos. De ellos, 835 fueron del bando liberal y 988 de los carlistas. Entre estos últimos un brigadier, seis jefes y cuarenta oficiales. Emilio Herrera indica que los batallones que más sufrieron fueron el 5º de Navarra y los 1º y 2º de Cantabria, batallones poco adictos a Maroto.
Si fue casualidad o premeditado es otra cuestión. De todas formas no sería raro que Maroto enviara aposta a lo más duro del combate a los elementos que le eran menos afines, ya que es algo habitual en todas las guerras. Lo mismo hizo Stalin con los judíos en la II guerra Mundial, y Hugh Thomas recoge hechos similares en la Guerra Civil española en ambos mandos.
Por supuesto, en cualquier guerra, siempre palman los de abajo mientras los de arriba se dan palmaditas y abrazos (en este caso, el de Vergara), y se ponen medallas. Como dice la canción: "Cuanto plomo malgastado en cuerpos innecesarios" (Eskorbuto)