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Cuadernos del Valle del Asón

Juan de Espina: entre la curiosidad científica y la investigación musical

Nº 9 Junio 2006 - Página 9-12

Sábado 5 de agosto de 2006, por Guiomar Lavín Gómez

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© Pedro Merino

"...Sabiéndose la música con perfección, se puede saber la perfección de la simetría de todas las cosas, que es ciencia importantísima en que hasta hoy los hombres no saben cosa cierta y todo es opinión..." (Juan de Espina).


A comienzos del mes de junio de 2003 la prensa local daba noticia de que se iniciaban en Ampuero las obras de rehabilitación de la casa-torre de los Espina, o Palacio de La Bárcena, edificio que ha sufrido a lo largo de su existencia numerosos avatares, entre ellos un incendio en el s. XVIII.

Sus muros cobijaron este linaje -muy importante tiempo atrás en función de sus posesiones-, instalado en Ampuero a principios del s. XIV, y que se reforzó al emparentar con otra influyente familia de la comarca, la de los Velasco, condestables de Castilla.

Y a esta estirpe perteneció el "enigmático y cultísimo señor don Juan de Espina y Velasco", como le llama Modesto San Emeterio Cobo, (La patria de don Juan de Espina, 1958) el cual descubre la partida de nacimiento del personaje que tratamos (así como su árbol genealógico), conservada en el momento de aquella investigación en los archivos parroquiales de Ampuero.

El personaje en los libros

Es curioso que Juan de Espina (Ampuero 1568-Madrid 1643) haya caído en el olvido a pesar de tratarse de un personaje muy conocido en su época, pues contemporáneos suyos de la talla de Quevedo (del que fue amigo), Gracián, el secretario Juan de Piña (amigo de Lope de Vega), Luis Vélez de Guevara, Alonso de Castillo Solórzano y Vicencio Carducho, entre otros, le dedican un hueco en sus obras, unas veces con carácter biográfico y otras anecdótico. Posteriormente incluso Menéndez Pelayo se interesó por él.

Para desgracia de nuestro personaje, la fama póstuma no le ha tratado bien. Según nos informa Cotarelo y Morí en su libro de 1908 Don Juan de Espina. Noticias de este célebre y enigmático personaje, ha habido mucho desacierto con su nombre, pues se le confundió con el de Juan del Espino (1587-1646), famoso excéntrico doctor, y carmelita descalzo enemigo de la Compañía de Jesús y perseguido por la Inquisición.

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Torre de La Bárcena
© Pedro Merino

Posteriormente, en el s. XVIII, Cañizares hace mal uso del nombre de Juan de Espina en dos de sus comedias. Por fortuna a este respecto encontramos información fidedigna en la Historia de los heterodoxos españoles, donde Menéndez Pelayo dice de Espina: "personaje ciertamente digno de más honrada suerte que la de haber servido de protagonista a dos comedias de magia de Cañizares, Don Juan de Espina en su patria y Don Juan de Espina en Milán, donde aquel taciturno filósofo cristiano aparece convertido en redomado brujo y nigromante".

Juan de Espina ya había sido calificado con estos apelativos en vida, habiendo salido en aquel momento Quevedo en su defensa en estos términos: "Desembarazar quiero el camino de la envidia y la calumnia: débame mi nación, como a él la virtud, a mi la noticia de ella; que será por lo menos beneficio más largo, pues pasará de su vida, y no tendrá por término la sepultura".

Quizá se crearon a su alrededor ciertos recelos debido a su peculiar carácter, su interés por el coleccionismo y sus reservas a la hora de mostrar los valiosos y curiosos objetos que en su casa atesoraba; pues, según Cotarelo, en testimonios fiables se decía que "para ver de entrar en su casa era menester grande favor y no todos lo conseguían".

Uno de los afortunados que lo consiguió, fue Vicencio Carducho, pintor de la corte que en 1633, en sus Diálogos de la pintura, alaba admirado la amplia y variada colección de objetos de Juan de Espina.

Menos suerte tuvo el poeta y novelista Alonso de Castillo Solórzano, que, como comenta Cotarelo, le dirige un romance titulado "A Don Juan de Espina deseando ver su casa", imprimido en 1625 en la Segunda Parte de sus Donaires del Parnaso. En él, loa la figura de nuestro personaje, sus pertenencias y lo difícil que era verlas; como se puede apreciar en estos cuatro versos:

Porque sin habilidad
a nadie se abran tus quicios,
que es de ellos tu rectitud
querubín del paraíso

Lo cierto es que Juan de Espina fue clérigo, científico, musicólogo e intérprete virtuoso de la lira y la vihuela (destacando en esta última faceta). Según él mismo comenta en un documento que más adelante analizaremos por tratarse en él su faceta musical (conocido como Memorial que D. Juan de Espina envió a D. Felipe IV) fue ordenado sacerdote siendo arzobispo de Sevilla D. Fernando Niño de Guevara (1600-1609), y dice que "no por merecimientos míos", sino porque era condición para disfrutar de los beneficios eclesiásticos que Felipe III le concedió en esa ciudad, como agradecimiento a los grandes servicios que sus padres habían prestado a los Reyes.

Para ampliar información sobre su persona podemos acudir a una carta que el P. Sebastián González, jesuita madrileño, escribió a su corresponsal en Sevilla en 1643 a raíz de la muerte de Espina, y que Cotarelo menciona en su libro. En ella comenta, entre otras cosas, que a nuestro personaje no le gustaba la pompa y que era honesto.

Debemos pensar que la descripción del P. González es acertada, puesto que Quevedo, en sus Grandes Anales de quince días, le llama "caballero montañés de muy conocida calidad y de solar en aquella cuna de la hidalguía de España muy esclarecido", y lo alaba como persona y por sus habilidades, especialmente referidas a la música, diciendo: " Puso la atención en los primores de la música, en la perfección de los instrumentos, en disponer lo sumo del arte; y llegó en esto a tan alta cumbre, que oí decir a los que admiraba mi edad por maestros, que había hecho don Juan capaz la lira de la verdad de la ciencia"; y continúa: "hizo tan delgada inquisición de las artes y las ciencias que averiguó aquel punto donde no puede arribar el seso humano". Tras estas palabras de Quevedo parece sobrar cualquier comentario.

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Partida de nacimiento de Juan de Espina

El Memorial

El manuscrito original del Memorial del que el propio Espina es autor, se conserva en la Biblioteca Nacional de Lisboa y según Francisco Asenjo Barbieri (que lo mandó copiar en 1879) fue escrito en Sevilla en 1632. El documento ofrece cantidad de datos sobre su personalidad, investigaciones (sobre todo musicales) y pertenencias.

Nuestro personaje no lo escribe con la intención de recibir halagos, ni con otros intereses particulares, como él mismo admite cuando dice, "a tanto ha llegado mi riqueza que me sobra todo"; sino porque han hablado mal de él falsamente y quiere hacer constar sus descubrimientos y posesiones sin dejar lugar a la duda. Por eso es continua su referencia a que tiene papeles firmados por grandes figuras del momento que constatan que lo que él dice es cierto (sobre todo de músicos de la corte como los maestros Clavijo, Montañasa, Gaspar Díaz...).

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Torre de La Bárcena
© Pedro Merino

Sin duda es especialmente interesante la información que ofrece el documento en torno a la música, tanto del panorama de la época (en tono de queja) como de sus propias investigaciones. Espina comenta que durante mucho tiempo empleó catorce horas diarias en estudiar la música y tratar de comprenderla, investigándola científicamente entre 1619 y 1622. Dice que "la música es tan cabal ciencia como la aritmética" y por ello modificó y perfeccionó la vihuela, colocando los trastes a las distancias correctas para lograr un sonido más exacto y preciso.

Expone: "... todo lo que hoy se obra en las guitarras y en otros cualesquiera instrumentos de trastes es mentira, porque está corta la música y no hay semitonos mayores ni menores, sino de mediados y falsos, porque ordinariamente ponen los trastes iguales sin saber ni considerar que el tono consta de dos semitonos, uno mayor y otro menor...".

Comenta que si lo que se tañe en su época suena bien "no es por ser bueno, sino por falta de saber y de nuestros oídos". Además se lamenta de que la música se ejecute por norma e imitación, alegando que eso ocurre debido a que los músicos del momento no se molestan en estudiar para evitarse el trabajo que eso supone y porque se mueven por intereses particulares.

Algunos trataron de echar por tierra sus investigaciones musicales mediante razones absurdas, veintiuna de las cuales son expuestas por Espina en el Memorial y tras ellas añade: "todas estas razones dicen tan bien fundadas como se ve y no respondo aquí de ellas...". Puesto que reflejan el panorama musical del momento, califican a sus autores y son ciertamente sorprendentes, menciono las que a mi juicio son más representativas: "que no se oye la diferencia que hay del instrumento falso al verdadero tañiéndolo aprisa", "que por lo que hacen les dan muchos dineros, que sea malo o bueno a él ellos no les importa nada", "que es dificultoso y que ya no se pagan los grandes trabajos", "que hay muy pocos músicos que tiemplen ni aún razonablemente, y nadie repara en ello, cuanto más en sutilezas de verdades".

No es de extrañar que Espina ni siquiera se molestara en contestar aquellos comentarios. Realmente debió de hacer numerosos esfuerzos para probar ante los músicos de la Real Capilla que sus investigaciones eran acertadas. De ahí su insistencia a lo largo del Memorial en el hecho de que tiene firmas de maestros que testifican que el modo de tañer que él proponía era el verdadero y su enfrentamiento con los que no le escuchaban, a los que dice: "... como en la pintura hay pintamonas, haya en la música tañemonas, que serán los que no pudieren tañer en los instrumentos científicos por falta de habilidad y de entendimiento, y tañen en los falsos y mentirosos, pues con ellos quieren contrahacer la verdad de la música, habiendo tanta distancia de lo uno a lo otro cuanta hay de la verdad a la mentira".

Es hora de que la personalidad y cultura (reconocida por indiscutibles personalidades de su tiempo y épocas posteriores) que atesoró Juan de Espina, ocupe el importante lugar que merece en la Historia, libre ya de absurdas atribuciones.

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Torre de La Bárcena
© Pedro Merino

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