Cuadernos del Valle del Asón
Nº 7 Julio 2002 - Página 60-61
Miércoles 29 de octubre de 2003, por Pedro Merino Múgica
Simpático el Gelo. Humillándome ante los lectores (véase artículo anterior). Pues muy bien, donde las dan las toman. Y como dijo el dios de los cristianos (que por cierto, tiene una dosis considerable de mala hostia), mía es la venganza (además, yo maqueto la revista, lo que me permite tener siempre la última palabra, privilegio del que abuso cuando me viene en gana). Así que me voy a permitir el capricho de contarles a ustedes nuestra siguiente entrada, gloriosa a la par que épica (bueno, un poco menos) en ese inmundo agujero llamado Garma Ciega.
En primer lugar, no es que un fin de semana decidamos ir tres días de vivac y tal. No. Lo que pasa es que en el bar, el sábado anterior, se nos calienta progresivamente la boca (en relación directa con los litros de alcohol ingerido), y SIEMPRE hay algún gilipollas que se lo toma en serio. Así, el jueves siguiente, cuando todos hemos olvidado aquellas banales conversaciones, suena el teléfono:
¿Sí?
¿Coges tú la comida para el fin de semana?
¿Que pasa, que vamos de parrillada o así?
Sí hombre, sí. Gracioso. Y parte carburo, que hay que decíroslo todo.
Clic.
Puta madre. Mi soñado fin de semana, tirado trompa en cualquier sitio donde no haya espeleólogos, a tomar por el culo. Y es que cualquiera le dice nada. Igual se mosquea (y mide 1,85).
Pues nada, se compra la comida, y ahí nos ves al jefe y a los dos que no tenemos personalidad (Wychy y yo), el miércoles del puente de mayo, a las siete y media de la tarde, camino de Astrana. Tras una hora metidos dentro del coche en la Plataforma viendo llover, decidimos suspender la expedición. El puente no se presenta tan malo, después de todo. Es el momento de bocanear, y hago lo único que se hacer bien: hablar de más.
Qué pena, con las ganas que tenía de bajar...Pero bueno, mañana nos levantamos prontito, y si no llueve, entramos.
Con la pinta que tiene, estará lloviendo 40 días y 40 noches, así que en principio quedamos para ir a hacer el indio a alguna cuevucha.
Lamentablemente, amanece sin lluvia, aunque con nubes amenazantes. Me dan ganas de morderme la lengua. Volvemos a Astrana, y esta vez marchamos hasta la entrada de Garma. Son las 10:30 de la mañana, y dudamos entre entrar ahora o esperar, ya que en dos horas nos plantamos en el vivac (a -430) y el resto del día no tendríamos nada que hacer, pues la exploración sería al día siguiente. La climatología decide por nosotros, y arrancamos en llantas para adentro cuando nos cerca una buena tormenta.
Empiezo a pensar que el "finde" se tercia muy negro, sobre todo cuando veo la cantidad de agua que baja por los pozos de la sima. Aprovechamos para cambiar algunas cosas de la instalación. Finalmente llegamos al vivac, con toda una tarde por delante y sin nada que hacer. Así pues, nos dedicamos a:
a) beber una botella de orujo que Pedro G. había dejado allí.
b) intercambiar agudezas, generalmente subidas de tono y ofensivas.
c) quejarme. Quejarme mucho.
Tras cenar temprano, nos metemos en los sacos, donde por supuesto no dormimos a gusto ni 5 minutos en toda la noche. Por la compañía, más que otra cosa.
Un desayuno potente es el preludio de una jornada que comienza con tres horas de pateo hasta la punta de exploración. Me ahorro las descripciones porque vienen en el artículo anterior, porque no me acuerdo de casi nada, y porque no le importa un pito a nadie. Había piedras y barro, baste con saber eso.
Los dos jabalís se ponen a escalar, mientras yo me dedico un rato a desobstruir. Cuando logro pasar, mojándome completamente, descubro que no merecía la pena. Vuelvo con mis compis, que ya casi han acabado la pared de siete metros. Por una vez, premio. Preciosa galería arriba, con gours y toda la parafernalia espeleotemática. Un par de cruces prometen un día entretenido (otra cosa es definir el concepto de día entretenido. Para mí, el 11-S; lo digo porque estaba en Pirineos, no vayan a pensar mal; que soy un demócrata). Topografiamos un rato, cerrando varias posibilidades, hasta que llegamos a un meandro desfondado. Muy desfondado. Hay que saltar una repisa que no tendrá más de unos centímetros, con una caída interesante. Aunque no fume, ahora recuerdo que se me ha olvidado el tabaco en el vivac. O los tampax. O los donuts. Lo que sea. Pero yo paso de pasar.
Tras un toma y daca, una serie de argumentos racionales logra vencer mis reticencias:
Salta.
Tócame la vaina.
Que saltes.
Que espero aquí.
Cobarde.
Pues bueno.
Si no saltas les contamos a todos lo mariconazo que eres.
...Voooooy (hijos de ****)
Así pues, atravieso heroicamente el horrible abismo que se abre a mis pies (que resultó no tener más de 6 metros de profundidad, por otra parte), para encontrarme en otra galería igual de apestosa que los 14 millones de galerías en las que he estado anteriormente:
Qué, ¿dan sugus aquí, o es que hay mejores vistas?
Empieza a topografiar, y deja de incordiar.
Si no veo los números de la brújula. Además, no se leer, y lo de dibujar...ni calcando.
Coge la ciiiiiinta, y deja de tocar los huevos, que me tienes contento...
Jawohl, mein fürher.
Lo dicho, que tras 143, 27 metros, la susodicha galería se cierra entre bloques, barro y juramentos. Y es que no todos los caminos llevan a Roma, algunos se quedan en Gescartera. Pues nada, media vuelta, otro espectáculo circense en el saltito de marras, y a por la siguiente ratonera que llame nuestra atención. Saturados de órdenes, Wychy y yo optamos por una gatera que coge dirección Noroeste. La dirección no es muy buena, y el paso incómodo, pero como es muy estrecho y Gelo no puede franquearlo, ésto nos permite un rato de libertad, aunque sea con las costillas constreñidas por la roca viva. Tras unos cuantos metros de avanzar de canto desguazando el mono, la galería comienza a coger algo de tamaño, y vira al Norte progresivamente. Una colada detiene nuestro avance, o al menos el mío, que paso de ponerme a trepar. Wychy suspira, me mira de reojo y sube la trepada como malamente puede. Por un lado se cierra, por otro se estrecha...lo de siempre.
Damos media vuelta y volvemos con Gelo, que se estaba empezando a poner nervioso por la hora que llevábamos fuera; no por nuestra seguridad, sino por la perentoria necesidad de dar dos o tres órdenes y poder criticarme un poco. Por supuesto, y para no defraudar sus expectativas, pronto le doy motivos para ello.
El regreso: otras tres horas de pateo. Ahora los pozos son de bajada, pero las cuestas de bloques se ponen pindias hacia arriba. La falta de resuello evita tener que soportar nuestras mutuas chorradas. Gelo y Wychy suben en silencio, meditabundos, probablemente maravillados por el genio de la naturaleza. O quizá piensen cómo hacerme desaparecer y que parezca un accidente (las cuevas me vuelven paranoico). Yo pienso en la cena. Ésta llegará un buen rato después, tan apetitosa como siempre, y con su habitual variedad: paaaaasta. Al sobre sin dar las buenas noches, esperando que nuestras costillas hayan domado ya las piedras de debajo del saco.
Tras el desayuno, emprendemos el ascenso de los pozos. Pronto me arrepiento de haber comido tanto. Igual se me corta la digestión. Y es que, si me permiten la expresión, baja agua de cojones. Pero como los del caballo de Santiago. O más.
¡Joooder! Como está el tema. Debe haber llovido, nevado, y pasar un par de glaciaciones en este fin de semana ahí afuera.
Hombre, malo sí que daba. Creo que nieve a partir de mil doscientos.
¿¿¡¡Y lo dices ahora, gilipollas!!??
Hombre, no pensé que fuera preocupante. Al fin y al cabo, la boca de Garma Ciega está a 1.140, ¿no? Pues faltan 60 para que nos preocupe la nieve.
Lógica aplastante. Les recomiendo que no vayan de cuevas con gente de ciencias. Pensándolo bien, les recomiendo que no vayan de cuevas.
Tras cuatro horas jumareando, nadando, buceando, cagándonos en todo lo más barrido, con la mayor chupa de agua que ninguno de los tres recuerda, salimos al exterior, donde nos espera...un día gris, frío y ventoso. Todo un japiend de esos de la Disney.
Y qué quieren que les diga: explorar es esto. Perder tu tiempo miserablemente, tratando de convencerte a ti mismo de que lo que haces vale para algo, te realiza, le interesa a alguien, y que además te gusta. Si es que somos gilipollas.
Pero no crean, que tiene su lado bueno: salir. El sol que te acaricia tras tres días bajo tierra (cuando no llueve, o nieva, o algún paisano ha metido fuego al monte y no ves más que humo y llamas), el relajado paseo hasta el coche (con unos 17 kilos a la ya muy doblada espalda), la comida hecha en casa (eso cuando no llegas y te encuentras una nota: "el perro tiene una cazuela de arroz en la nevera" ¿¿¡¡Y yo!!??). Y sobre todo, el recibimiento de la familia: "¿¡Te piensas que voy a meter eso en la lavadora!? Al río ahora mismo..."
Pero siempre queda el bar y los amigos ¿no?
Hombre, ya ha salido el de la cueva. ¿Qué tal?
Tirando, ya sabes.
Oye, ¿no era tu cumpleaños?
Pues sí, que ilusión que te hayas acordado.
Como no. Te pagarás una ronda para celebrarlo, ¿no?
Hijos de puta.