Cuadernos del Valle del Asón
Nº 7 Julio 2002 - Página 49-59
Miércoles 29 de octubre de 2003, por Ángel García Fuentes

Dispongo de un puente de cuatro días, al igual que cinco compañeros espeleólogos del AER, y decidimos gastarlos (o malgastarlos, según se mire) en impulsar las exploraciones que llevamos años realizando en la sima de Garma-Ciega. La idea es entrar en la sima el sábado por la mañana, descender los 430 metros de pozos, y tras recoger algunas cosas del vivac de Titanes, continuaremos por las grandes galerías de la cavidad, hacia otras nuevas que estamos explorando, y montar allí un vivac avanzado, en el que pasar dos noches y dos días de exploraciones y topografía. La tercera noche la pasaríamos en el vivac de Titanes y el martes por la mañana saldríamos al exterior, o al menos, eso esperábamos.
Con todos estos planes en la cabeza, el viernes se compra la comida y se preparan los 14 Kg. de carburo que utilizaremos estos días, además de equipos de topo, de spitar, vivac,... Nos vamos a dormir, o de cena con los amigos, y quedamos a las 9 a.m. en el club.
Sábado por la mañana, en el club, recogemos las sacas, nos despedimos de Jesús que no puede venir y en dos coches nos dirigimos hacia Astrana. El tiempo está cambiando y podemos ver las cortinas de agua acercándose por los montes de la Sía. La única duda es quién será más rápido, la lluvia o nosotros, en llegar a la boca de Garma.
Dejamos los coches y cogemos las pesadas mochilas que nos acompañan durante una hora, cuando ascendemos por la pista de Llana la Cueva, pasando por el Crucero hasta cerca de la boca de Garma, donde nos cambiamos de ropa. El viento nos ha zarandeado un poco mientras contemplamos los bosques, las agujas del lapiaz, las profundas depresiones del Salzoso y Masayo y todas las grandes obras de la naturaleza que nos rodean. A las 11:30 a.m. estamos en la boca de la sima, impresionados como siempre por las dimensiones de sus entradas, que se abren como fauces en medio del lapiaz. Todos llevamos una indumentaria similar, con los monos de cordura de distintos colores, las botas de goma, arneses y cascos con instalación mixta de acetileno y eléctrica, además de la inseparable saca que nunca nos abandona y a la que nos une una relación de amor-odio, o quizás sólo odio.

Para el descenso formamos una fila de hombres repitiendo los mismos movimientos mecánicamente. Coger la cuerda, trenzarla sobre el rapelador y bloquearlo, colgarnos y descender atentos a no desprender ninguna piedra que pueda alcanzar a un compañero. Esta secuencia se repite una y otra vez durante los numerosos pozos hasta llegar a la Sala Blanca, donde llega un afluente y los pozos son sustituidos por un estrecho meandro, en el que la saca llama constantemente nuestra atención al quedarse enganchada. Unos pozos más con el estruendo del agua que cae por ellos, y finalmente sobre las 13:30 estamos sobre los bloques que indican el final de la sima (a -430m. de profundidad). Pasando entre los bloques con la habitual técnica de "pasa tu gordo cuerpo como mejor puedas", seguimos el río mientras la galería va haciéndose grande hasta llegar a un nuevo caos de bloques, en el que las galerías de Cellagua se unen a Garma-Ciega.
Desgraciadamente el lugar está lleno de basura, dejada por los numerosos espeleólogos que han pasado por aquí, así que pasamos rápidamente entre los bloques para salir a la gran sala del comienzo de las galerías de Titanes, donde se encuentra el vivac que normalmente usamos en nuestras exploraciones.
Hoy no paramos aquí nada más que para recoger material de vivac, pero algunos de nosotros sólo llevan sacas de 30 litros, con lo que no les caben todas las cosas y tienen que utilizar lo "último en material técnico", la "cinta de embalar", para fijar esterillas, botellas y demás trastos a las sacas. El resultado son auténticos "hombres orquesta", que desfilan por las galerías de Titanes. Nos desperdigamos por las rampas de bloques que forman esta zona de la cueva, lo que permite tener una idea más clara de estas galerías y de lo apropiado de su nombre.
Sobre las 15:00 estamos cerca de Carboneros y nos queda por delante mucho camino por las nuevas galerías, empezando por ascender el pozo MTDE, de 35 metros, que con las pesadas cargas que llevamos nos deja sin resuello, que no recuperamos mientras cruzamos por las galerías de "Los Colosos", como hemos decidido llamar a este sector de dimensiones y características similares a Titanes, con 15 ó 20 metros de anchura y 40 m. de altura. Más adelante hay un pasamanos, montado sobre unas paredes podridas, que provocan continuas caídas de escombros a nuestro paso, hasta llegar a una nueva escalada de 38 metros que llamamos "Escalera al Infierno".
El ascenso nos deja maltrechos y sedientos en una zona majestuosa de la red, en la que partiendo de lo alto de la sala, descendemos una fuerte pendiente de bloques que nos aleja cada vez más del techo, hasta dejarnos en el fondo de la sala de unos 40 metros de altura y otros tantos de diámetro, con numerosas formaciones en el techo; estamos en el "Bulevar de los Ramaliegos". En el lado derecho parte un cañón de 6 m. de ancho y 20 m. de alto, que tiene la peculiaridad de tener, en algunas de sus paredes, unas "melenas blancas", que nacen de la pared, y parecen largas cabelleras de ancianas de pelo blanco. Parece que se trata de Mirabilita, que se ve en Titanes formando cristales más sólidos y que tiene su origen en la existencia de sales. Su fragilidad es extrema y el calor de los carbureros hace que se desintegre, con lo que al pasar por galerías de poca altura parece nevar sobre nosotros.

Seguimos nuestro camino, remontando bloques o descendiendo cuerdas o rampas, siempre cargados con las pesadas sacas. Mi mente, mientras se concentra en los obstáculos del camino, también se encuentra fuera de la cueva, pensando en las cosas, personas y placeres que dejé fuera, y con la eterna pregunta de "¿qué coño hago aquí?". Más adelante, el Cañón de "Los Hombres Voladores", hace gala a su nombre y nos obliga a volar colgados de las cuerdas sobre un abismo oscuro de 80 metros; pero la vista merece la pena cuando nos dispersamos como luciérnagas en medio del alto cañón.
La marcha continúa por una gran sala y entre bloques, para llegar a una galería de 15 metros de sección con el suelo cubierto de formaciones en forma de repollo y con algunos gours, que sacian nuestra sed y alegran la vista. Pero debemos continuar atacando una fuerte rampa de piedras que nos hace jadear y sudar como cosacos, hasta que finalmente nos encontramos en lo más alto de una gran sala, de más de 100 metros de diámetro, que llamamos " El Coliseo", y que además de parecerse al auténtico por su tamaño (casi 600 metros de perímetro). También se parece por la gran cantidad de cadáveres que contiene. Me refiero a lirones, cuyos restos abundan por todas partes.
Descendemos hacia el otro extremo de la sala, cruzando una playa de colada, con numerosos gours, en medio de un mar de bloques y oscuridad. Las galerías continúan al otro lado de la sala, pero es necesario descender dos pequeños pozos, uno de ellos con las paredes cubiertas de un barro pastoso y desagradable, no todo iba a ser disfrutar. Ahora estamos cerca del punto donde montaremos el vivac y aceleramos el paso para liberarnos del peso que mortifica nuestras espaldas.

Por fin llegamos a la galería donde un suelo de arena parece adecuado para poder dormir. Son las 18:00 y llevamos ocho horas de actividad continua desde que dejamos los coches, y tampoco hemos comido nada en ese tiempo, por lo que nos apresuramos a recoger agua y preparar la cena, como siempre a base de pasta. Mientas la cena se calienta, preparamos un vivac con algunas mantas térmicas que guardan el calor y mejoran nuestras condiciones. Por fin la cena está lista y nos abalanzamos sobre ella como si fuera la última, y, a pesar de lo rústico de los platos y cubiertos utilizados, rebañamos todo lo mejor posible, con un cafetito caliente como punto final de esta cena de reyes.
Son las 20:00 y tres de nosotros decidimos acercarnos a mirar una posible continuación cercana al vivac. El resto, muy cansados, se meten en los sacos. Así pues, con sólo el equipo de topo, nos dirigimos hacia una ventana colgada a tres metros del suelo, en una galería alta de gran tamaño. Mientras Wichi comienza la exploración, Pedro y yo topografiamos, eso sí, después de oírle suplicar para que le ayudemos a trepar a la ventana. Topografiamos esta galería en forma de mina de dos metros de altura, que asciende hasta dejarnos en un balcón sobre una de las galerías que ya conocíamos, y en ella continuamos la exploración de galerías vírgenes, que estaban pendientes de anteriores visitas. Esta zona presenta varios cruces y niveles, con formaciones que aportan varios cientos de metros más al desarrollo de la cavidad.
Son las 23:00 y regresamos al vivac contentos y con esa adrenalina que produce la exploración de galerías vírgenes. El resto del grupo ronca ya dentro de los sacos, y nosotros, tras el ritual de quitarnos el mono, botas y demás trastos, entramos en los sacos en busca del descanso que necesitamos.
La primera noche, como casi siempre que duermo en un saco, no consigo dormir bien y mi cabeza repasa los acontecimientos del día y las exploraciones que nos esperan mañana.

El despertador suena a las 8:00 y entre gruñidos y quejas vamos saliendo del saco, una de las tareas más duras a la que se enfrenta un espeleólogo y que requiere mucha voluntad y motivación (patadas, gritos, quedarse sin desayuno...). Hace frío y las botas están húmedas y frías, pero poco a poco la actividad nos hace entrar en calor, mientras preparamos el desayuno, a base de leche, café y galletas, que como siempre sabe a poco.
Son las 9:30 y tras equiparnos, repartimos las zonas de trabajo en dos equipos de tres miembros cada uno, Alfredo, Cristóbal y yo iremos hacia la Galería del Cow Boy, para terminar la topo de esa zona y cerrar algunas incógnitas; Wichi con los dos Pedros, revisarán varias incógnitas de otras zonas de esta red que hemos llamado Tora Bora.
Mientras nos dirigimos hacia la exploración hacemos algunas fotos y comentamos el tamaño y la complejidad de las galerías que recorremos.
El tema de las fotos en las cuevas tiene su guasa, ya que como es necesario iluminar artificialmente todo el campo de la foto, se precisa utilizar varios flashes que se deben disparar simultáneamente con el de la cámara. Para ello se usan células fotoeléctricas, que recogen la luz del flash de la cámara y disparan los flashes de relleno. Los problemas vienen al calcular la luz necesaria para que la foto no quede oscura o quemada, evitar el vapor de agua que despedimos y que forma una niebla en la foto, y rezar para que los flash funcionen bien, después de los golpes, el barro y la humedad del medio. En fin, que como se ve es todo un número, que muchas veces se ve coronado con el más rotundo de los fracasos, tras el revelado de las fotos. Pero "la vida de los artistas es así".
Más adelante es necesario ascender una cuerda de 6 metros, que se instaló mediante un hábil lanzamiento al estilo vaquero y que dio nombre a las galerías, que comienzan con un meandro de 3 metros de alto y 0’5 de ancho, que se ha formado en el fondo de un tubo de 6 metros de diámetro. Poco después llegamos a un cruce de grandes galerías, que tomamos a la izquierda, ascendiendo por unas coladas deslizantes pero muy bonitas. Son las Galerías del Collarín, que presentan al menos dos niveles distintos que se unen en varios puntos. Nosotros ascendemos por una cuerda que nos deja en un tubo, que a su vez termina en lo alto de un pozo de 30 metros y grandes dimensiones, que exploramos parcialmente la última vez que estuvimos en este lugar.
Sacamos los trastos de topo y comenzamos la incomoda tarea de tomar los datos que nos permitirán, más tarde en casa, representar las galerías exploradas y conocer su extensión y cota. Pero ahora sólo veo la brújula y el clinómetro colgando de mi cuello y golpeándome o enganchándose en todas partes, la cinta que se enreda en todo y lo mejor, la libreta que trato de evitar que se manche o aplaste. Para colmo no puedo usar guantes para no manchar las hojas...en fin, todo un cristo que llevo lo mejor que puedo.
Tras revisar la sala y ascender por uno de sus lados, continuamos por un agujero estrecho que lleva a una salita y a un pozo. Estamos pisando terreno virgen y como siempre la excitación se apodera de nosotros, mientras clavamos un spit para bajar el pozo.
La cavidad es generosa con nosotros y nos regala una hermosa galería con el suelo de colada y formaciones varias que nos rodean, incluidos finos macarrones. Descendemos una fuerte y resbaladiza pendiente que acaba en un resalte, donde colocamos una cuerda y llegamos a una sala muy bien decorada, pero que marca el fin de la exploración en este sector. La excitación desaparece pero la belleza del lugar permanece en nuestra memoria y en las fotos que hemos hecho, o al menos eso esperamos, pero habrá que aguardar al revelado para ver el resultado.

Nos retiramos desinstalando los pozos y rampas y nos dirigimos hacia las Galerías de Las Coladas Rojas, donde nos detenemos a comer, primero una sopita caliente, mientras charlamos comentando las exploraciones de la jornada. Luego un poco de chocolate y embutido, algunos picoteos más y finalmente un café. Nos lo hemos tomado con calma y relajación, ya que disfrutar de buena compañía en unas galerías descubiertas y exploradas por nosotros mismos es uno de los placeres del oficio.
Recogemos los trastos y visitamos las galerías de este sector contemplando, de nuevo, los vivos colores de las coladas que cubren el suelo y sacando algunas fotos. De regreso oímos las voces de los compañeros, lo cual no puede ser nada bueno: o ha ocurrido un accidente, o han terminado de mirar todos sus objetivos. Se trata de esto último, ya que a pesar, de que tenían al menos seis incógnitas por resolver, todas ellas se han terminado muy pronto. Esto es algo que los espeleólogos sabemos que llega antes o después inevitablemente. Cuando encuentras unas nuevas galerías, la emoción te embarga, se te acelera el corazón y normalmente hablas a gritos y te mueves más deprisa, pero en ese mismo instante sabes que detrás del próximo recodo, la galería puede terminarse, una pared, un montón de bloques, coladas, etc.; cualquier cosa puede terminar con la emoción de la exploración de terreno virgen. Otras veces sólo aparece un obstáculo insalvable con los medios disponibles, pero la galería continúa; suelen ser ventanas colgadas que precisan escaladas, o pasos estrechos que necesitan desobstrucción.
Otro factor que provoca esperanza en los espeleólogos, son las corrientes de aire. Cualquiera que escuche una conversación de espeleólogos en un bar (cosa fácil porque somos como los cazadores, aunque nos duela reconocerlo), les oirá con frecuencia preguntar "¿pero tenía aire?", y el escuchante se preguntará si es que no se puede respirar en las galerías. Pero no, simplemente se trata de uno de los mejores síntomas de que las galerías continúan, y están conectadas con el exterior y, por lo tanto la exploración es muy prometedora.
Como dije antes, los compañeros habían cerrado todas las incógnitas y nosotros también, por lo que realmente no nos quedaba mucho que hacer en las galerías de Tora Bora, que han sido generosas con nosotros y nos han ofrecido más de 4 kilómetros de galerías, algunas de gran belleza. Pero hora debíamos decidir qué hacíamos el resto del día, y si mantener el vivac previsto o no. Decidimos volver hacia la gran sala del Coliseo y topografiar el borde sur, mientras otro grupo desciende un pozo pendiente de mirar. Así pasamos el resto del día, hasta que terminadas estas tareas, regresamos al vivac muy cansados, para preparar la cena y meternos en los sacos, y aunque los ánimos no están muy altos, las bromas y chistes son inevitables hasta que nos quedamos fritos.
La hora de levantarse llega y de nuevo se oyen gruñidos y quejas mientras dejamos los sacos, nos estiramos y preparamos el desayuno. Al terminar recogemos el vivac y de nuevo nuestras sacas parecen el hatillo de un buhonero.

Formamos una fila de hombres pesadamente cargados y con menos ánimos que a la llegada, tras el fin de las exploraciones en este sector. Remontamos los pozos y la cuesta de bloques de la gran sala y nos detenemos más allá de los gours, para dejar algunas cosas y evaluar la posibilidad de continuación en otra zona de estas galerías que dejamos parcialmente explorada tiempo atrás. Llegamos a la punta de exploración, donde el suelo desaparece en un pozo y el cañón se prolonga en la lejanía. Decidimos instalar un pasamanos sobre una de las paredes, ricamente concrecionada, y la actividad despeja a Fredo de su catarro, mientras avanza por la pared instalando seguros intermedios durante unos 40 metros, hasta finalizar el Pasamanos del "Porrico". Al otro lado una sala de bloques asciende y nosotros nos dispersamos por sus bordes buscando la continuación, pero el fantasma del "fin" se abate sobre nosotros, y nos deja hundidos ya que todos los puntos de la sala se cierran sin continuación.
Decido volver hacia el pozo para buscar una continuación por debajo de los bloques. Destrepo un tramo, pero se necesita cuerda más abajo, así que llamo a los demás e instalamos una cuerda, que baja unos 30 metros entre resaltes y rampas hasta un nivel que tiene dos continuaciones posibles: hacia la derecha una galería y a la izquierda otro pozo rampa. La galería gira hacia el pozo y parece morir sobre él, aunque al otro lado se ve una ventana de unos 5 metros de diámetro.
Cristóbal se asoma a un pequeño tubo lateral y éste "continúa", así que le sigo, y en contra de lo esperado, el tubo se convierte en galería de 2 metros de diámetro que recorremos durante un trecho, hasta que parece cerrarse en un laminador de 30 cm. de altura. Pero al atravesarlo la galería continúa; pasamos un segundo laminador que finaliza en un agujero; éste nos deja en una galería de 7 metros de alto por 6 de ancho, perpendicular a la que seguíamos, y que hace que de nuevo nuestros corazones se aceleren con el impulso de la exploración. Tomamos la galería en sentido ascendente hasta un caos de bloques, por el que asciendo bastantes metros hasta un lugar donde el techo se pierde y parece continuar hacia ambos lados.
Regreso con Cristóbal y nos dirigimos por las galerías hacia abajo. Recorremos bastantes metros hasta un punto donde el falso suelo de colada deja la continuación colgada a 6 metros de altura, haciendo necesaria una escalada para poder seguir. Hay que regresar, pero la galería sigue, por lo que el retorno lo hacemos bastante contentos atravesando la pequeña galería cuyos laminadores se reblandecen por mi peso y dejan al descubierto un barrillo chocolateado, por lo que llamamos a esta galería "la Tubería del Chocolate".

De regreso al pozo, relatamos nuestro descubrimiento a los demás, y Wichi, que ha bajado el pozo también informa de que allí hay galerías, por lo que hacemos dos grupos; uno topografiará la galería del chocolate, y Wichi, Cristóbal y yo revisaremos las galerías inferiores.
Este sector resulta ser de gran belleza, con coladas de colores que cubren las paredes, suelos de arena y formaciones. El tamaño es de unos 7 metros de diámetro y con varios meandros descendentes que parten de la galería principal. Seguimos algunos de ellos que acaban cerrándose por acumulación de tierra. Llegamos a un punto donde la galería parece cerrarse por coladas y continuamos por los meandros que se comunican y entrecruzan, llevándonos por debajo de la colada hacia la continuación de la galería principal. Ésta tiene el suelo cubierto de colada roja y en ella, Wichi observa lo que parecen claras huellas de un felino pequeño. Es un misterio más en estas galerías repletas de restos de roedores que inevitablemente debían de tener un gato tras ellos.
La galería se cierra de pronto por una gran colada naranja y amarilla que sólo deja un pequeña continuación que precisa de una escalada, por lo que volvemos sobre nuestros pasos revisando un conducto paralelo, hasta volver al lugar del encuentro con los otros, que también llegan a la hora fijada, después de topografiar el tramo que Cristóbal y yo exploramos.
Iniciamos el regreso hacia el vivac de Titanes a las 21:00. Llevamos 56 horas en la cavidad, sin ver la luz del sol y con actividad continua, por lo que estamos cansados mientras cruzamos el Pasamanos del Porrico, hacia los Pasamanos de los Hombres Voladores. De nuevo vamos cargados con pesadas sacas, recorriendo las galerías en sentido contrario al del primer día, remontando fuertes rampas de piedra y descendiendo las cuerdas. El grupo se disgrega como un pelotón de ciclistas subiendo un puerto, cada uno a su ritmo, sólo nos agrupamos en los pozos mientras esperamos a que la luz que nos precede se pierda en la oscuridad , y se oiga el "libre" procedente del fondo, que nos indica que la cuerda está disponible y es nuestro turno.
Colocamos la cuerda en el descensor para comenzar el descenso de forma controlada, dejando deslizar la cuerda por nuestra mano hasta llegar al fraccionamiento, donde un anclaje y un nudo dividen el tramo en partes, lo que nos obliga a realizar una maniobra de cuerda para superarlo. Esta maniobra básicamente se trata de colgarse de las bagas de anclaje sobre la chapa para descargar el peso del descensor y poder soltarlo, para colocarlo de nuevo por debajo del nudo; ahora viene la parte más dura al tener que elevar nuestro peso más el de la saca para soltar la vaga y colgarnos del descensor. Esto en algunos casos es fácil, al pisar sobre la roca. Pero otras veces se necesita maña y fuerza, y a estas alturas fuerza no nos queda mucha, pero maña toda. Así que superamos las cuerdas y nos reunimos en la zona del río de Titanes.
Nos quitamos el mono y los arneses para ir más cómodos y frescos al remontar las largas pendientes que nos esperan. Bebemos agua e iniciamos la peregrinación hacia el ansiado vivac, la cena y los sacos donde meter nuestros maltratados cuerpos.
Mientras me ocupo de poner un pie a continuación del otro entre los bloques y rampas, pienso en los primeros exploradores de esta cavidad, allá por finales de los 60, que con materiales muchos más pesados como escalas, clavijas y ropas de lana, cruzaron estas mismas galerías, probablemente con la misma excitación que sentimos nosotros en nuestras galerías recién descubiertas. Esta gente realizaba campamentos subterráneos con gran número de personas, ya que debían de mover más peso y necesitaban más mano de obra, usaban otras técnicas de progresión vertical, pero en lo básico, en el espíritu, la ilusión y anhelos creo que eran los mismos que ahora.
Tras una hora de ascensión, llegamos por fin al lugar donde hemos pasado muchas horas de duermevela, en los numerosos vivacs que hemos realizado en esta cavidad. Estamos verdaderamente cansados, y si no fuera por el hambre, nos meteríamos ya en los sacos, pero de momento formamos corro alrededor del hornillo, contamos unos chistes y nos metemos con Pedro, que es el deporte local. Por fin está la cena. ¿Adivinan lo que hay? Sí, sí, es pasta para variar. El ágape termina y nosotros vamos de cabeza a los sacos, buscando un descanso que necesitamos con urgencia, unos ronquidos y algunos ruidos más relacionados con la mecánica de los gases, son lo último que oigo antes de caer en el sopor del sueño.
La hora de la tortura llega, y nuestros maltratados cuerpos se niegan a volver a la vida, pero tenemos el estímulo de buscar la luz del sol que nos espera en el exterior, 400 metros por encima de nuestras cabezas, así que nos levantamos y preparamos el desayuno, recogemos el vivac y nos ponemos los modelitos de primavera, junto con la inevitable saca con basura.
Son las 10:00 cuando partimos hacia los pozos, y a las 10:30 nos ponemos en fila para ascender por las cuerdas. Primero es necesario ajustar el arnés y fijar el bloqueador de pecho, la cuerda se pasa por éste y a continuación por el bloqueador de pedal que trabaja alternativamente con el otro, para hacernos progresar por la cuerda metro a metro. Esta cadencia se repite cientos de veces, sólo interrumpida por los tramos en los que es necesario andar, arrastrarse y trepar por los estrechos meandros del sector inferior de la sima. Por supuesto, la saca se empeña en seguirnos colgada de nuestros arneses, enganchándose más de lo que nos gustaría.
Las 13:30, y la oscuridad total que nos ha acompañado durante 72 horas va cediendo ante la luz del sol que se intuye en los primeros pozos de la sima, hasta que el enorme pozo de entrada está totalmente iluminado por el astro rey, que luce en todo su esplendor en un día luminoso con el que hemos sido agraciados.
Estamos tumbados en la hierba, calentados por el sol mientras bebemos y comemos algo, contemplado el paisaje de la bahía de Santoña, con el primer plano de los bosques y lapiaces del Hoyo Masayo.
La última página de este diario nos deja andando por la pista, camino de casa, con el cuerpo cansado y la mente llena de los recuerdos y sensaciones de las 72 horas pasadas en el mundo de la oscuridad total.
