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Cuadernos del Valle del Asón

El viejo Manuel

Nº 5 Julio 2001 - Página 37-42

Sábado 22 de marzo de 2003, por Santiago Brera Rodríguez


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Desde el Collado de Rubía el paisaje se abrió ante los ojos de los dos biólogos santanderinos como un belén animado e inmenso.

En el centro del valle distinguieron San Carlos, cabecera y capital de la comarca y dispersos a su alrededor entre los pliegues de las montañas un sinfín de pequeñas aldeas y caseríos.

Dentro de aquella espléndida panorámica, de ese tapiz de verdores infinitos, fijaron su atención en la estela serpenteante del Sanga que en esos momentos reflejaba los últimos destellos del ocaso

- ¡Ahí lo tenemos, al fin avistamos nuestro objetivo! - dijo el doctor Polo Maza señalando el río con su mano -. Es de curso corto y no excesivamente caudaloso pero el análisis de sus aguas resultó aceptable.
- Ojalá tengamos suerte, parece el marco idóneo para poner en práctica el proyecto - opinó la joven doctora mientras encendía un cigarro y entregaba los prismáticos a su compañero.
- Este río es nuestra última oportunidad - manifestó él taxativo antes de emprender el regreso hacia el automóvil -. De no encontrar aquí lo que andamos buscando todas las investigaciones y toda la labor llevada a cabo en Noruega y en Oviedo tiradas por la borda, después del fracaso del Narcea hasta la misma Universidad nos cerrará las puertas.

Del pasado señorial y próspero de San Carlos guardan tan solo recuerdo las casonas solariegas que aún se mantienen en pie a ambas orillas de la carretera, en la recta de entrada al pueblo. Fueron levantadas, las más antiguas, por indianos enriquecidos en Cuba y México, y décadas después por vecinos adinerados. San Carlos gozó en el pasado de una floreciente actividad económica; a las dos fábricas de alpargatas y otra de licores que exportaba sus botellas de anís y ginebra a todo el país se sumaba la pesca de truchas y salmones. Muchos vecinos vivieron hasta los años sesenta del salmón, unos porque los pescaban y después los acarreaban en sacos hasta la estación del ferrocarril desde donde partían a los mercados de Bilbao y Santander, otros ante la afluencia de turistas aficionados al deporte de la caña atendían en el pueblo negocios de hostelería o acompañaban cono gancheros a los señoritos de la ciudad.

Pero las fábricas cerraron y el pueblo comenzó a despoblarse como tantos otros de la región. Luego llegó la enfermedad de los salmones, una especie de úlcera cutánea que contagió a la mayoría de los peces. Por si todo esto fuera poco en las proximidades de la ría levantaron una presa y construyeron una central hidroeléctrica que dificultó mucho el paso de los salmones. Prácticamente éstos, sólo podían subir en busca del curso alto del río cuando el Sanga iba crecido por abundantes lluvias o el deshielo. No se hizo gran cosa por gestionar y proteger mejor las aguas y los pozos. Cuando la administración tomó por fin cartas en el asunto y diseñó una escala salmonera basada en rellanos comunicantes, como las utilizadas en los ríos de Escocia, que permiten a los peces una ascensión progresiva ya era demasiado tarde.

Cada año iba descendiendo alarmantemente el número de capturas y los forasteros dejaron de venir a pescar. La especie desapareció.

Fermín, dos reales, fue el ribereño que sacó el último salmón en el Pozo del Barquero en la primavera de 1982. Ya nadie volvió a ver ningún otro y nunca se supo de nuevos apresamientos en las riberas del Sanga.

Al cesar las campañas salmoneras murió un poco más San Carlos puesto que éstas fomentaban las tertulias en los cafés y bares y la participación de los vecinos en una empresa común. Hoy San Carlos parece un pueblo solitario y abandonado por el cual son pocas las personas y vehículos que circulan. Marta Revuelta, la bióloga, sintió esta sensación de decadencia y vacío como un flechazo nada más apearse en la plaza del todo-terreno que la Diputación de Cantabria les había proporcionado.

En el café América Vicente Sañudo soñaba amodorrado en su vieja mecedora con la llegada de un autobús cargado de clientes. Sañudo se incorporó de su asiento y mantuvo una tensa expectativa, la idea de que su local fuera asaltado por gente extraña le sorprendía y disgustaba por cuanto suponía, a su modo de ver, la profanación de una quietud celosamente conservada a lo largo de toda la jornada.

Escuchó el rechinar de la puerta al entreabrirse pero no irrumpió de súbito el murmullo de voces y pisadas esperado sino la voz hogareña, quebrada por el aguardiente de Fermín, dos reales.

- ¡Ah! ¡Eres tú! - exclamó Sañudo aún con el cerebro confuso.
- Pues sí, soy yo - dijo Fermín, dos reales, sosteniendo una sonrisa condescendiente -. Ya puedes tener cuidado que un día te entran y te llevan hasta los paquetes de patatas fritas; aunque bien mirado mucha hambre hay que tener para echar el diente a esas patatas que deben andar más tiesas que nuestro amigo Manuel.
- Ya será menos - contestó Sañudo con aire crispado, al tiempo que dirigía la mirada hacia la cabeza de salmón disecada expuesta en medio de unas baldas de botellas polvorientas, una cabeza de salmón macho cuya mandíbula inferior se curvaba semejando un temible garfio.

Fermín pidió un orujo y se lo bebió en silencio manteniendo su habitual apariencia inexpresiva.

- Los demás se retrasan. ¿Esta noche no se juega partida? - preguntó de improviso a Sañudo.
- Claro que no. ¿No te lo dijeron ayer? Hoy llegaban a San Carlos unos científicos y querían entrevistarse con el alcalde en el ayuntamiento; Julián se apuntó también.
- Pues no tenía idea - Fermín sacudió la cabeza desorientado - ¿Y qué más sabes del asunto?
- No mucho, que son al parecer biólogos de la universidad y quieren tratar algo relacionado con los salmones. Creo que vienen a estudiar el río por si pueden recuperarlo para la pesca.
- ¡Menuda patraña! ¿Y por ese motivo vamos a quedarnos hoy sin jugar al tute?
- Tal vez el alcalde se haya olido algún negocio, porque lo de los salmones no me lo explico, es agua pasada.
- Y tan pasada, todas las repoblaciones que se intentaron fracasaron, da lo mismo que los traigan de Noruega o de la Conchinchina, en el Sanga de no ser salmones autóctonos no crían y como autóctonos no quedan... ¿van a volver otra vez con esa vaina?
- Vete a saber si han descubierto algo nuevo, el alcalde insinuó que eran investigadores de mucho prestigio y que venían de estudiar nuevas técnicas de repoblación en el extranjero.
- Ojalá fuera cierto pero para el Sanga temo que cualquier remedio llegue tarde, muy tarde.
- Eso creo yo también, aquí no queda más salmón que el viejo Manuel.
- ¡Míralo! A pesar de los años transcurridos mantiene el brillo azul metalizado de las escamas y un fulgor aún vivo en los ojos.
- Sí, pero me da que empieza a descomponerse por dentro como todo en este café y en este pueblo.
- Acércamelo, quiero leer de nuevo lo que escribió el ministro.

La cabeza del pez estaba fijada a un soporte de madera, en el cual podía apreciarse una pequeña chapa en forma de pergamino con una inscripción grabada. Fermín trató de leerla acercándola lo más posible a los ojos.

- ¡Maldita sea, no veo un cristo! ¡Enciende más luces! - gruñó -. Contigo desde luego la Electra de Viesgo no hace negocio.

Sañudo accionó el interruptor del fluorescente circular que colgaba sobre la barra y Fermín, dos reales, pudo finalmente leer la placa: "A mi amigo Fermín, el más diestro de los gancheros del Sanga. En recuerdo a la inolvidable tarde de pesca en la que capturamos a Manuel. Julio Salazar del Campo. Madrid, 16 de mayo de 1962".

- Ya puedes apagar la luz - dijo posando la cabeza del salmón sobre el mostrador con un gesto de desagrado -. Sabes que tienes razón nuestro amigo huele peor que un queso de Cabrales.
- Hoy mismo va a la basura,
- No, a la basura no, déjamelo llevar y yo mismo lo arrojo al Sanga, y que regrese de nuevo al mar, ¿no te parece un funeral más digno?

Sañudo asintió complacido por la idea. - Era toda una personalidad el ministro - soltó luego.

Fermín se encogió de hombros y contempló aquella antigualla embalsamada en silencio como se mira a un barco que parte y desaparece en el horizonte -. Sí lo era - reconoció finalmente -, y un buen pescador, no como Manuel Morales y toda la comparsa que lo acompañaba.

- Sí, lo recuerdo, no se granjeó el gobernador muchas simpatías en San Carlos.
- El muy cretino se creía el amo del río, pienso que ni el mismo ministro lo soportaba.
- Pues le tuvo de gobernador cinco años - dijo Sañudo -. Hasta el escándalo del parador cuando le pillaron y retrataron vestido de mujer en compañía de los seminaristas.
- Sí, eso es cierto y el escándalo salpicó también de algún modo a Salazar que de no ser por ello lo nombran presidente de gobierno.

El doctor Polo Maza, catedrático de la facultad de biología de Oviedo, sujeto en la actualidad a la Comisión Europea de Ciencia y Tecnología Genética, se reunió en el exiguo vestíbulo de la pensión "la Ideal" con su ayudante la doctora Marta Revuelta cuando faltaban diez minutos para las ocho de la noche. Juntos salieron en dirección al ayuntamiento con resuelta actitud y sus pasos resonaron por las calles vacías de San Carlos, con tal efusividad, que en lugar de dos personas parecía que fuesen al menos ocho las que iban caminando. A la puerta del consistorio, una vistosa casona montañesa, que a principios de siglo sirvió de escuela de primeras letras, los aguardaban Víctor, el alcalde; Julián, el boticario y Simón, el alguacil. Había llegado la hora de la verdad, la reunión tan esperada por Polo Maza y tan temida al mismo tiempo. Con plena seguridad no iba a tardar en averiguar si su proyecto científico era o no viable en el río Sanga; ligado a ello una buena parte de su futuro académico y de su reputación como eminente biólogo pendía de un hilo. Bien conocía que en determinados círculos de la Universidad y en determinados seminarios se le comenzaba a tildar de investigador fantasioso, amigo de lapidar los dineros públicos en proyectos de dudoso resultado.

- ¡Vaya tarde aquella! - exclamó Sañudo mientras servía a Fermín otro vaso de orujo -. Todavía recuerdo que suspendieron en el cine la sesión de las ocho al correrse la voz que el ministro había trabado un salmón en el pozo de los Carros.
- Y yo lo enganché media hora más tarde bajo el puente Grande ante los vítores y aplausos de medio pueblo.
- Recuerdo la expresión de estupor en el rostro de Manuel Morales cuando el ministro sacó parecido entre su cara y la del salmón. Todos lo oyeron y la carcajada fue general, cuidado que era feo y tenía la mandíbula desproporcionada.
- ¡Ahí lo tienes! - dijo Fermín señalando la cabeza del animal -. Con toda seguridad era un zancón viejo que terminada la freza regresaba al mar, lo que no comprendo es de donde sacó tanta fuerza y coraje para devorar la línea del carrete como lo hizo.
- Fue un detalle que te enviara su cabeza desde Madrid.
- Que tú bien aprovechaste para exponerla en el café.
- Hasta hoy, y mira que el alcalde insistió veces que lo quitara por la cuestión política.
- Éste Víctor metiéndose siempre en todos los guisos, como me gustaría saber lo que trama con el boticario y ésos biólogos que dices.
- Julián seguro que comienza a contar batallitas.
- Y la primera cuando acompañó a pescar al obispo.
- Esa no falla - confirmó Sañudo.
- Aún recuerdo lo miserable que era el obispo, quería contratarme como ganchero pagándome tan solo un real la hora, y yo como a todo hijo de vecino le exigí dos.
- "Dos reales", tarifa oficial con la que te hiciste famoso.
- Yo garantizaba pesca y guiaba a los forasteros a las paradas de salmón donde sabía que se encuevaban aguardando la lluvia - dictaminó en tono solemne.
- Sí, pero debes reconocer que al obispo le fue bien con Agustín de ganchero.
- Aquel día había salmones en el Sanga para todo dios, piensa que desde Santander ordenaron a Ayala, el guardarríos, que estaqueara el pozo de los Carros al menos cuatro o cinco días antes para que no pudieran subir los peces y se agolparan en los tramos de pozo Negro y el puente de los Nogales, igual que siempre hicieron cuando anunciaba la visita Manuel Morales u otro gerifalte. Pescó dos, si hubiera venido conmigo saca diez y da un banquete a todos los mendigos de la catedral. Yo he conseguido que hasta un manco pesque un salmón.
- ¿Por quién lo dices?
- Por el general Cajigas, aunque en realidad no era manco del todo - precisó Fermín - cuando quería usaba el muñón con destreza.
- Recuerdo una ocasión en la que estabas aquí en el café sentado en una mesa con él y otro general, de la aviación creo, tomando unos vinos y unas gambas y entró Iñaki, el de Baracaldo, a saludarte y al verte te dijo: "Anda Fermín que vives como un general" y tú sin inmutarte gran cosa respondisteis: "No, los que viven como generales son esos señores".

Fermín celebró la anécdota y un inequívoco brillo de nostalgia prendió en sus ojos.

- Ahora que has mencionado a Iñaki ¿te acuerdas del incidente que tuvo en pozo Negro cuando le cayó la piedra?
- No voy a acordarme, yo estuve esa noche en el pozo - señaló Fermín con euforia desconocida -. Bien sabes que nunca fui amigo de artes prohibidas pero en aquella ocasión Lipín y Agustín me convencieron para lanzar el francao. Lipín y yo estábamos en el cauce de primeras espadas, Iñaki alumbraba con la antorcha atrayendo al salmón con la luz y Agustín de centinela en la carretera; si venía Ayala o la guardia civil tenía que arrojar una piedra al río. Mira por cuanto que tuvieron que escapársele esa noche las dos mulas al zaragato de la cabaña que arrendaba junto al pozo. Al oírlas rondar Agustín pensó en una redada y tiró la piedra al río para darnos aviso, pero con tal puntería que aterrizó en la cabeza de Iñaki que como fulminado por un rallo cayó sin conocimiento. Tardamos una hora en llevarle a la casa de Paco Rivas para que le cosiera la brecha, si tardamos un poco más, ten seguro que se desangra.
- Te das cuenta Fermín, podríamos pasar la noche desempolvando historias de los viejos tiempos. Tú y yo somos una especie a extinguir, como los salmones, vivimos ya más en el pasado que en el presente.
- No me vengas con pamplinas y ponme el último orujo.

El salón de plenos era una habitación pequeña impregnada de un fuerte olor a flores marchitas. El alcalde se sentó a la cabecera de una mesa adusta y convencional e indicó con cortesía a cada uno la butaca que debía utilizar. Luego, con un dominio reposado escrutó a los dos forasteros fijamente, sobre todo a la joven doctora; y no fue ajeno a la mirada de soslayo que ésta dirigió hacia una de las paredes donde había colocados varios cuadros con fotografías de color sepia.

- Supongo que no estará usted interesada en los retratos de nuestros paisanos ilustres sino en la foto de los salmones. ¿Me equivoco?

Ella sonrió. - Es usted muy observador, no pude evitar fijar la atención en esa fotografía desde que entré en la sala.

- Por curiosidad, ¿cuántos salmones pescaron ese día? - intervino Polo Maza en un afán de sintonizar cuanto antes con la máxima autoridad de San Carlos.
- Catorce - respondió éste -. Los pescaron todos una tarde en un pozo no lejos de aquí en el año 36. Mi tío es uno de los pescadores que sostienen la apea de eucalipto donde los colgaron para su traslado.
- Don Aurelio Coterillo, sí señor, el mismo que aparece en el retrato de la izquierda, entonces era el alcalde de la republica - intervino el farmacéutico con guasa soterrada -; y lo que es la vida, tan sólo unas semanas más tarde de tomarse esa foto con los salmones salió de viaje urgente para Venezuela y ya no regresó.
- Bueno, dejemos el pasado y vayamos al asunto que nos reúne - señaló el alcalde con autoridad -. De manera que han venido hasta San Carlos porque piensan que hay alguna esperanza de resucitar nuestros salmones.
- Algo parecido si cabe tal interpretación - dijo Polo Maza no pudiendo evitar cierto nerviosismo -. Ahora bien, lo prioritario para iniciar el proyecto de repoblación es contar con una llave maestra, la clave que contenga el registro genético del salmón autóctono del Sanga. Sin esa pieza del puzzle es inútil cualquier otro esfuerzo.
- Y esa pieza esencial ¿cuál es? - preguntó el alcalde intrigado.
- Yo les explicaré del modo más sencillo los fundamentos científicos - Polo Maza sabía que había llegado el momento de abrir la caja de los truenos -. Necesitamos restos de un ejemplar de salmón autóctono de este río. No importa los años que hayan transcurrido desde que el pez fuera pescado. Nos sirve una espina, una simple espina - recalcó - que bien pudiera pertenecer a uno de los salmones ahí retratados.

El alcalde y el boticario se miraron entre sí desconcertados. - Hay métodos hoy y avances tecnológicos que permiten a través de una enucleación celular obtener de esa espina o de una sola escama el ADN de un salmón o lo que es lo mismo su registro genético. La duplicación celular se conseguirá en el laboratorio partiendo de la célula primitiva una vez extraídas las viabilidades vitamínicas y enzimáticas y una vez que el óvulo libere toda la doble aportación de ADN del embrión original.

- Es un proyecto viable - dijo la doctora -, en Noruega se llevó a cabo con éxito y en Canadá se repueblan actualmente dos ríos en los que desapareció el salmón con huevos clonados. Imagínense miles de embriones clonándose en probetas y luego miles de pequeños alevines introducidos en el Sanga, en pocos años, cuatro o cinco a lo sumo, podrá volverse a pescar salmones adultos.
- Y no hay que pasar por alto - enfatizó Polo Maza - que esos salmones estarán genéticamente adaptados a las particularidades fluviales de este río.
- Regresarán de alta mar al Sanga - intervino de nuevo la doctora - sin ninguna posibilidad de errar su camino ya que su sorprendente olfato los permite, cuando se aproximan a la costa, distinguir el olor particular del río del que proceden sobre la base de la descomposición orgánica, tanto de minerales como de flora que arrastra.
- Es infalible, tal información la poseen archivada en sus genes - dijo él - no entrarán en otro río salvo en el Sanga.

Los dos ediles de San Carlos enmudecieron ante la vehemencia y locuacidad de los biólogos y ambos tras recapacitar unos segundos comenzaron a imaginar discretas ensoñaciones. Si lo escuchado fuera cierto y el río Sanga volviera a contar con salmones se convertiría en el único cauce fluvial de la península en el que habitara tal especie considerada antaño como la reina de los ríos. El reclamo para los turistas sería tal que su afluencia motivaría una expansión hostelera y urbanística sin parangón. Muy pronto el alcalde llegó a la conclusión que era únicamente una espina conservada quien sabe por quien y porqué motivos, dentro a lo mejor de un frasco de formol, la clave para iniciar el despegue y enriquecimiento de San Carlos.

- Si he entendido bien vuestra pretensión es que os encontremos un trozo de salmón disecado oriundo del Sanga - dijo el alcalde.
- Exacto - respondió Marta Revuelta -, tal vez sepan de un vecino que conserve en su casa restos de un viejo ejemplar. En la localidad de Pravia, a orillas del río Narcea, un indiano conservaba en su casa un salmón de doce kilos que pescó en su juventud y lo tenía adornando la chimenea del salón de igual modo que los cazadores cuelgan cabezas de ciervo o jabalí.
- ¿Y qué ocurrió en el Narcea, no sirvió aquel salmón para repoblar sus aguas? - preguntó Julián.
- Es largo y complejo de explicar - señaló Polo Maza -, digamos que se cometió un error en el proceso de duplicación celular al tratar de inmunizar las futuras huevas de la enfermedad ulcerosa que tanto diezmó a la población de salmones en los años setenta, la tristemente enfermedad conocida U.D.N. (ulcerative dermal necrosis. La respuesta de todo el cultivo orgánico a la introducción de nuevas proteínas de superficie y antígenos fue devastadora. Fecundamos embriones pero contagiados por un virus que se adhirió a las células de sus vías respiratorias y entró en ellas replicándose y extendiéndose a todo el resto del organismo.
- Pero ese problema no volverá a ocurrir - dijo la doctora - se ha solventado con plenas garantías gracias al descubrimiento reciente de compuestos activos que sintetizan en la membrana celular todo incremento anormal de ácidos endógenos. Perdimos aquel salmón porque dieron orden de eliminar todo rastro de su tejido orgánico.
- Fue una decisión realmente desafortunada que paralizó el proyecto de un modo traumático - manifestó Polo Maza.
- Rastreando por aquí y por allá, hará dos meses - señaló ella - dimos con la cabeza de un salmón disecada en las vitrinas de un museo de Bilbao, pero lamentablemente el pez procedía del río Nervión, un río que es imposible regenerar por la toxicidad de sus aguas.

Víctor Coterillo recibió una sacudida que electrizó su piel al recordar de pronto, como quien cae en la cuenta que ha dejado abierta la llave del gas una vez ha salido de casa, la cabeza de salmón que Sañudo tenía en el café. Aquel trofeo de pesca con el que el ministro Julio Salazar obsequió a Fermín, dos reales, y que bautizó jocosamente a pie de río con el nombre de Manuel, debido a que le recordó al sacarlo del agua los rasgos del polémico gobernador de Santander Manuel Morales. Muchas ideas circularon entonces por su cerebro, ideas que comenzaron a devanarle los sesos con vertiginoso regocijo. La cabeza de Manuel iba a convertirse en la espoleta y el detonante que San Carlos necesitaba para resurgir de sus cenizas. El pueblo rehabilitaría su prestigio, el crecimiento económico estaba a ojos vista, nuevos puestos de trabajo, nuevas inversiones. Él, como alcalde, gobernando al frente, tutelando por el bien común las reglamentaciones urbanísticas y las mejoras en infraestructura que fuera pertinente acometer. Se iban a enterar en Santander quien era Víctor Coterillo, a partir de ahora nada de esperar en los pasillos de la Diputación horas enteras para ser recibido por un consejero al que mendigar una pequeña partida presupuestaria que sufragase los gastos de una traída de aguas o el arreglo de un camino vecinal. Una vez que coleteara un buen número de salmones en el Sanga, y de esto se encargarían los biólogos, porque quien hace un cesto hace ciento, San Carlos se convertiría en la capital de la pesca, en un paraíso de peregrinación turística, en una cita ineludible las primaveras para la gente de abolengo. En adelante, ya no iba a necesitar desplazarse a la capital por tratar asuntos públicos todos los mandamases acudirían a San Carlos. Lo que sí era importante tratar de conseguir es que los biólogos no repitiesen en otros ríos sus experimentos, con salmones en el Sanga bastaba para toda la nación.

El alcalde detuvo su imaginación en el café de Sañudo al que concibió repleto de aristócratas y políticos cuando una nube de preocupación ensombreció sus reflexiones. Trató en vano de recordar cuando fue la última vez que vio la cabeza de salmón expuesta en el café. Ese cazurro de Vicente - pensó - capaz era de haberse desprendido de Manuel. Aunque no podía caber tal despropósito, al fin y al cabo, ese pez era un símbolo de nuestro pasado, una reliquia de San Carlos, un atributo a conservar como bien común de interés histórico y cultural. No podía ser bajo ningún concepto.

Víctor se puso en pie, aspiró profundamente el aire, y sin andarse por las ramas, dijo a los presentes: "¡Señores, permítanme que les comunique que albergo firmes esperanzas de poder ayudarles a encontrar aquí en San Carlos lo que con tanto ahínco persiguen! ¡Algo más, mucho más que una espina!"

Fermín, dos reales, de camino a casa se detuvo en medio del puente Grande y con gesto grave y ceremonioso arrojó a las aguas la cabeza de Manuel. Al fin y al cabo fue allí donde lo pescó años atrás y ahora lo enviaba de regreso al mar como quien devuelve la libertad a un pájaro enjaulado.

El viejo Sañudo entendió que por hoy ya había buceado lo suficiente en el pasado y no se encontraba de humor para convocar nuevos espíritus. Al poco de irse Fermín el café volvió a convertirse en un templo deshabitado e inmenso y como presentía que aquella noche de cada rincón aflorarían multitud de murmullos comenzó a organizar la retirada.

Al frenazo en el exterior de un vehículo sucedió una algarada de voces y pasos atropellados. Sañudo recordó el autobús de clientes con el que había soñado pero a quienes vio aparecer por la puerta fue al alguacil, a Julián y a Víctor, que entraron en su local en tromba y con semblante enardecido, y luego detrás a una pareja de forasteros. Todos ellos de manera impetuosa y avasalladora preguntaron por Manuel.

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