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Cuadernos del Valle del Asón

El Molino de La Bárcena

Nº 5 Julio 2001 - Página 16-20

Miércoles 19 de marzo de 2003, por Rafael Bedia García


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Palacio de La Bárcena

La ciudad cansa, harta, hastía y aburre. Eva y Manuel ya estaban hasta el colodrillo de la historia urbana y pensaron en hacer las maletas para irse a algún ’beatus ille’ en donde empezar de nuevo un camino hacia su jubilación. Miraron y miraron pero no encontraron ninguna finca que les atrajera. Tenían la ilusión de encontrar algo por el norte, no por nada en especial, sino porque les atraía el color verde, la ausencia de los calores agobiantes del sur y la tranquilidad de sus pueblos.
Juan Carlos, un colega que conocía bien Cantabria, les habló de un Palacio en Ampuero, el Palacio de la Bárcena, que estaba en venta a un precio asequible dado el estado casi ruinoso en el que se encontraba. Dicho y hecho, en el primer fin de semana largo que tuvieron, se fueron para Ampuero a ver esa joya de la arquitectura popular que ya empezaba a formar parte de sus sueños.

Un poco decepcionante fue su primer contacto con el Palacio puesto que aparecía muy estropeado, con parte del tejado medio caído y con unas ganas inmensas de reforma para volver a vivir. En ese mismo momento les informaron que se trataba del Palacio de los Espina, un linaje poderoso en los siglos XVI y XVII y venido a menos en centurias posteriores hasta caer en el olvido.

No hizo falta mucho esfuerzo por parte del vendedor para que se quedaran con el edificio y su finca, pese a las profundas reformas que ya estudiaban cómo acometer.

Pronto empezaron a buscar referentes de los antiguos inquilinos de la casona, por eso de saber dónde pisaban. Encontraron una asociación local relacionada con los Espina, y a través de ella conocieron la figura más representativa del linaje, Juan de Espina, un tipo curioso a caballo entre el XVI y el XVII, medio mago, medio brujo, que fijó su domicilio en Madrid al servicio de los tres felipes españoles, del II al IV.

Quizás por alguna parte de la localidad existiera algún descendiente directo de esa afamada dinastía. Atraído por la figura del nigromante, Manuel se dispuso a buscar alguno de esos descendientes en la guía telefónica, pero, curiosamente, no existía Espina alguno que residiera en la villa, ni tan siquiera como segundo apellido.

No fue necesario mucho tiempo para familiarizarse con las hazañas de Juan de Espina, con sus inventos y con sus máquinas prodigiosas que atraían hasta al mismo monarca a su casa de la calle San José para contemplarlas. Manuel quedó fascinado especialmente por la leyenda de un códice de Leonardo da Vinci desaparecido de entre sus pertenencias durante el último viaje que efectuó a su casa solariega en Ampuero.

Enseguida se hizo con libros que hablaban del Espina. Según lo que pudo descubrir, Juan de Espina estaba en contacto directo en la Corte madrileña con los más afamados ingenios de la época. Entre ellos estaba el escultor Pompeo Leoni, al servicio de Felipe II en la magna obra de construcción del Escorial bajo el diseño de un oriundo cántabro, Juan de Herrera, también amigo de Espina que compartía a veces mantel con otro montañés, Francisco de Quevedo.

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Escudo de Los Espina (Ampuero)

Mientras Leoni se encontraba en Milán en busca de inspiración para sus fundidos del Escorial, consiguió casi por casualidad un buen número de códices de Leonardo, fallecido no hacía muchos años. Presto, los empaquetó, los metió en cajones y se los envió a Felipe II para abultar la Biblioteca Real del Escorial. El rey, obligado por sus compromisos, se deshizo de alguno de estos códices regalándoselos a sus más íntimos amigos, entre los que estaba Juan de Espina, quien se hizo con al menos dos, según constancia documental de la época.

En 1642, Juan de Espina muere en Madrid, tras demostrar otra vez sus dotes adivinatorias puesto que días antes de fallecer visitó la parroquia de San Martín y allí confesó al sacerdote qué día iba a morir y dónde se podía encontrar su última voluntad.

Sus bienes fueron subastados, excepto una misteriosa serie de cajones que donó expresamente al monarca Felipe IV. Existen testimonios escritos de que Espina poseía dos códices vincianos, pero, sin embargo, en la relación de bienes a subastar no figuran estos ejemplares. Su paradero levantó entonces y aún ahora levanta variopintas hipótesis.

A Manuel se le iluminó el rostro cuando supo esta historia, y también a Eva, apasionada de los libros raros y curiosos y conocedora del valor de los códices vincianos, máxime cuando no hacía mucho se dio la noticia por los medios de comunicación de que el único códice existente en manos privadas, el de Leicester, había sido adquirido por el gigante informático Bill Gates.

Ávidos de obtener más información, continuaron investigando sobre Juan de Espina, al margen de las truculentas historias que rodearon a la familia desde sus mismos comienzos, cuando la esposa de uno de los primeros Espina murió acuchillada por su propio marido al hacer caso de un infortunado comentario que relacionaba a su mujer con el capellán de la villa; o el episodio de la muerte de Rosario Narganes, esposa de Juan José de Espina, por un tiro de pistola a comienzos del siglo XIX; o, ya a mediados del siglo XX, la muerte de un habitante del Palacio al caer un rayo y colarse por una ventana dando de lleno al inquilino.

El archivo municipal de Ampuero, aunque descuidado, suele dar sorpresas. Así le ocurrió a Manuel, que se llenó de polvo buscando vestigios del paso de su Espina por el Palacio de la Bárcena. Efectivamente, algún escribano tomó nota pocos meses antes de su muerte de la visita del señor de Espina, que llegaba para poner orden en los asuntos domésticos de una casa que se emparentaba en importancia a la de los Velasco, los Marrón o los Escajadillo.

Se cuenta en esos documentos que llegó cargado de Madrid con varios cajones de contenido incierto. Espina ordenó a los lacayos que los subieran al ático del Palacio, lugar destinado a estudio del hidalgo. La torre solariega, tal y como se conserva hoy, es un edificio de cuatro plantas de estructura cuadrada. En la época de Espina, se situaba en la planta primera el servicio, lacayos, cuadra y cocina. La segunda planta se destinaba a dormitorio de los señores, mientras que en la tercera se situaban las habitaciones de la guardesa y los habitáculos de ropa. La finca aparece decorada con una portalada protegida por dos enormes guerreros armados con porras que pisan las cabezas de sendos leones, como para advertir de la fiereza e hidalguía de los moradores de la torre.

Entre los cajones que llegaron, hoy sí se puede afirmar tras el análisis de la documentación existente, suficientemente contrastada por Manuel y Eva, figuraba el famoso códice vinciano que trataba íntegramente de la fuerza hidráulica aplicada a los molinos, libro que fuera conseguido por Pompeo Leoni en la casa milanesa de uno de los hijos de Francesco Melzi, discípulo de Da Vinci. La importancia de este documento radicaba en ser el único de los trabajos del maestro Leonardo dedicado en exclusiva al desarrollo de los molinos ribereños, puesto que sobre este tema tan sólo se habían encontrado referencias escasas en el códice de Leicester y se conocía que ingenieros de la Corte, como Pedro Juan de Lastanosa o Jerónimo de Ayanz, habían podido conocer datos del códice que luego desarrollaron y pusieron en práctica en las obras hidráulicas iniciadas por el monarca y sus sucesores para modernizar el Estado.

Espina llamó entonces al ingeniero de la Casa de los Cachupín, en Laredo, que ostentaba el mando del Bastón de Laredo, para exponerle ciertas ideas concebidas con ocasión de conseguir un para Ampuero un mayor progreso frente a localidades que por entonces despuntaban económicamente, como Limpias, Guriezo o Colindres, gracias al desarrollo de la construcción naval. La actividad de las escasas ferrerías y de los molinos harineros existentes en Ampuero no era suficiente, y Espina veía desaprovechada la ingente fuerza de los numerosos cursos de agua que surcaban su villa.

Era necesario realizar complejos canales de agua para construir nuevos molinos con los que aprovechar el paso por Ampuero de las carretas cargadas de grano que bajaban desde Castilla con destino a los muelles de Limpias, grano que iba directo al abastecimiento de las huestes reales en Europa y que se molería en los molinos holandeses, cuando en realidad bien podría hacerse en las máquinas castellanas colaborando así en la economía real y, por ende, en la de Ampuero.

Juan de Espina, amigo de las nuevas tecnologías y de la mecánica, mostró al ingeniero laredano las notas tomadas a partir del códice de Leonardo para comenzar de inmediato la construcción de un novedoso molino frente a su propio Palacio. Se trataría de construir un cauce que llevara el agua desde el río las Toberas hasta el molino, un sistema de doble aprovechamiento con dos muelas que podrían trabajar ininterrumpidamente gracias a sus dos salidas de agua. El proyecto se basaba en un sistema de propulsión hidrodinámica ideado por Da Vinci que permitía multiplicar la fuerza de empuje con menor necesidad de agua a partir del perfeccionamiento del diseño de las aspas del rodete, sistema que, prodigiosamente, también formaba parte de los estudios de Lastanosa en ’Los veintiún libros de los ingenios y máquinas de Juanelo’, y poco después, ya mejorados, por Ayanz.

Escaso tiempo tardaron los maestros canteros ampuerenses en levantar la obra, que ya a partir de entonces se denominaría hasta nuestros días Molino de La Bárcena.

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El Molino de La Bárcena
Dibujo de SANTIAGO SOBRINO

Acabado su trabajo y ya puesta la semilla de la nueva tecnología al alcance de futuros ingenieros de la comarca, que imitarían el ingenio del Molino de la Bárcena, a Juan de Espina le inquietaba el futuro del códice, más que el códice en sí, le preocupaba que se descubriera que la novedosa mecánica aplicada a su molino no era obra de él mismo, sino copia casi literal de Leonardo.

Aunque de los siguientes sucesos no se dispone de testimonios, las pruebas que halló Manuel le permiten indicar que una noche, cuando hubo comprobado que los sirvientes se habían acostado y que no oía ruido alguno en la casona, se dirigió al último piso de la torre, allá donde ocultaba sus libros y sus artilugios mecánicos que asombraban a propios y extraños, entre velones de magia negra y símbolos satánicos que, en realidad, nunca utilizó. Cogió el códice de Leonardo, con manos amorosas, y lo envolvió delicadamente en un mantel de seda blanca. Con el bulto debajo del brazo, cansinamente dado el peso del ejemplar y la edad del portador, pasados los setenta, fue hasta su dormitorio, donde días antes había ordenado levantar una pared para, excusó entonces, dedicar un espacio a escritorio sin necesidad de desplazarse al ático, al que se accedía por una empinada escalera difícil ya de atacar para sus años. Para evitar el paso de fríos y calores, había encargado que la pared fuera de doble estructura. Entre piedra y piedra instaló el códice, lo ocultó con mortero y esperó a que el cantero terminara al día siguiente la obra.

Poco después salió para la Corte en su último viaje por el mismo camino que siguiera el emperador Carlos hacia Yuste.
Las obras de restauración comenzaron en menos tiempo de lo que se imaginaban Eva y Manuel, acostumbrados a los desplantes de los contratistas de Madrid. Lo primero que se restauró fue el tejado de la torre, claro, para evitar goteras y humedades. El ático, el lugar de trabajo de nuestro Espina, estaba expedito de objetos, y no precisó mayor reforma que la limpieza de las maderas nobles de viguería y tarima puesto que era intención de la pareja dejar un espacio diáfano, tal vez como taller.

La tercera altura de la torre, una vez limpia de los residuos de las palomas que habían anidado allí desde hacía lustros, tampoco precisó mucha reforma dado su buen estado de salud. Allí se levantaron las habitaciones de los invitados, con amplios espacios y dos servicios completos.

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El Molino de La Bárcena

En la segunda altura de la torre, con fachada a poniente para recibir los calores del sol y un pequeño balcón con baranda de hierro forjado, Eva y Manuel querían poner su dormitorio, con sus servicios, y sus despachos. Todo independiente. Los obreros no entendían cómo en una planta tan enorme alguien levantó en algún momento un murete de considerable grosor para hacer un apartado que semejaba independencia del resto de la dependencia. Calculaban unos treinta centímetros de grosor a doble pared. Manuel quiso estar presente en el momento del derribo de ese murete. No sabía bien las causas, pero quería estar allí.

El albañil comenzó a tirar de pico. Pin, pam y pin, pam. Lo primero cayó rápido puesto que el mortero estaba ya algo descompuesto. Quién sabe, igual la humedad. No mostraron mayor sorpresa al ver que existía una cámara de aire entre las dos partes de la pared, era una construcción habitual en estas tierras para evitar los fríos. De improvisto, sacaron un bulto cubierto por una especie de sábana marrón ya todo podrida y que se deshacía al tocarla. Manuel, con ansiedad, quiso ser el segundo en coger el bulto. Sin dejar a nadie ver lo que era, corrió, inexplicablemente, hacia el ático, y allí en el suelo depositó lo que parecía un viejo volumen con cubiertas en piel.

Enseguida reconoció la especial forma de escribir de Leonardo da Vinci, con sus garabatos de derecha a izquierda. Es que Leonardo era genial hasta para escribir, al estilo musulmán, para fastidiar y obligar a todo el mundo a utilizar un espejo para leer lo que escribiese.
Manuel dejó de existir durante un par de meses, encerrado en el ático. Cuando por fin salió, con ojos vidriosos y enrojecidos, ya todo el mundo sabía que se había realizado algún tipo de hallazgo singular en la casa de los Espina, la de las tragedias y las muertes, la del mago. Era con certeza el códice vinciano, el auténtico.

Uno de los mayores expertos españoles en la presencia de códices de Leonardo en nuestro país, Nicolás García Tapia, pronto recibió la noticia del hallazgo. Se desplazó con urgencia desde Valladolid para analizar el ejemplar, uno de los libros perdidos que trajo Pompeo Leoni desde Milán con destino a la Biblioteca Real de El Escorial, el libro en el que Leonardo estudiaba la fuerza de fluidos para aprovechar la energía motriz de los molinos.

A instancias del profesor vallisoletano y con el apoyo de los técnicos municipales, estudiantes de cantería iniciaron la reconstrucción del molino de la Bárcena, situado a pocos metros de la portalada del Palacio, único vestigio existente de la técnica de Leonardo aplicada a la práctica, puesto que de todos es conocido que el gran Da Vinci era un teórico que casi nunca puso en práctica sus teorías. Por desgracia, hace ya algún tiempo que los trabajos de reconstrucción del molino se detuvieron por ausencia de fondos o por desidia de las autoridades locales y/o regionales, qui lo sa.

P.-S.

BIBLIOGRAFÍA: El germen del relato es un interesante artículo de Nicolás García Tapia, del Departamento de Ingeniería Energética y Fluidomecánica de la Universidad de Valladolid, aparecido en la revista Ingeniería del agua, volumen 3, número 2 de junio de 1996, Universidad Politécnica de Valencia, editada entonces por Rafael Pérez García, profesor de Ingeniería Hidráulica y Medio Ambiente de la Universidad de Valencia.

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