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- © Cristóbal Ortega
- Pedro Merino, Susanna Graf y Moisés Rodríguez
Diario de la Sima del Acebo
El vivac
Suena el despertador del móvil. Con pocas ganas, me acerco hasta la hoguera. Por allí pululan ya varios yonkis del café, restregándose ansiosos junto a la cafetera. Yo, mucho más morigerado, me lanzo a por el Cola Cao (bueno, Dia Cao) y una buena montaña de tostadas. Tras remolonear un rato, preparo las cosas para el vivac. Por supuesto, Cristóbal, Moisés y Susanna ya están con todo dispuesto. Esta juventud...
Una horita de pateo y llegamos hasta la Sima del Acebo (todavía no he visto el puto acebo, por cierto). Se trata de una sima como dios manda: con pozos cortos (el P.240 no cuenta porque no hay que bajarlo; si no, por los cojones iba a estar yo aquí). A -170, una sala de amplias dimensiones de paso al gigantesco pozo. Afortunadamente, una escalada de siete metros nos aleja de sus hórridas fauces, y cogemos la vía que descubrimos el año pasado. Tras un par de horas, llegamos al vivac. Un poco antes del mismo miro un (muy) estrecho meandro que sólo da a la base de una serie de chimeneas.
Comemos un poco y comenzamos con la tarea. Se trata de ir revisando todo lo que haya desde el vivac hacia abajo, con la esperanza de encontrar "algo" que pudiera conectar con el río Belneo. Este río, en el que hemos estado despellejando buzos, arneses y cuerpos durante todo el otoño e invierno, se encuentra (o eso nos dice la topo) a escasos metros de la galería del Acebo. De hecho, según la topografía se llegan a cruzar (aunque con unos metros de diferencia en cota). Con el foco nos dedicamos a escudriñar todas las esquinas (joder, cualquier cosa antes que tener que volver al Belneo). Un par de trepadas no dan ningún resultado, y seguimos río abajo...
A nuestra izquierda aparece un laminador arenoso, que quedó sin mirar el año pasado por falta de tiempo. Moisés se arrastra por él, y enseguida reaparece diciendo que la cosa continúa, y con aire. Susanna se pone en punta y tiramos hacia allá. La roca cambia notablemente (esto se empieza a parecer a una cueva decente), y avanzamos por galerías fósiles, con la ya habitual inclinación de 12-14 grados que se mantiene casi continuamente. Un pozo de 30 corta la galería. Tras instalarlo, en su base las galerías se hacen más pequeñas, volviendo a adoptar una morfología más meandriforme. Un paso complicado en una zona de roca muy rota nos detiene un rato mientras montamos un pasamanos, y poco después aparece otro pozo de veintidós metros. Tras bajarlo, oímos a Moisés gritar de alegría: hay huellas.
Lamentablemente, no se trata del río Belneo ni de ningún otro lugar de Rubicera: es la punta del Acebo del año pasado. A pesar de la decepción, lo cierto es que hemos encontrado una vía notablemente más cómoda que la que utilizamos el año pasado. Subimos topografiando y revisando alguna cosilla con calma, y para las once de la noche estamos tranquilamente en el vivac. Es el momento de la cena y el descanso, pero las perspectivas no se antojan demasiado buenas: la comida escasea (sobre todo si tenemos en cuenta quiénes son los inquilinos de este vivac), y la topografía del vivac parece más adecuada como instrumento de tortura que como lugar de reposo: es difícil dormir cuando tanto tu cabeza como tus pies se encuentra por debajo de la línea de flotación de tus pelotas. Seguro que esta postura tiene algún nombre en el yoga, aunque no la encuentro particularmente relajante, la verdad...
Tras dormir (o así), se impone tomar una decisión: salir a la calle o volver a bajar a la punta a tratar de encontrar la continuación. El tema de la comida amenaza con desatar una crisis: Moisés y Susanna dicen que sin gasolina el coche no anda; Cristóbal no entiende de metáforas y yo por una vez me quedo callado (mientras intento esconder algunas barritas; por si acaso...). Tras un análisis racional de la situación (lo racional es no discutir con Cristóbal, básicamente por no aguantarle todo el camino de vuelta), optamos por bajar hasta el fondo de la sima y hacer una punta "breve" (sí, claro). Una vez abajo, Cristóbal se mete por el caos donde lo dejó Wychy el año pasado y, tras quitar unos bloques, logra pasar por una zona muy muy estrecha. Pide una cuerda y, tras pensármelo bastante, paso por la estrechez. Allí, tras anclar precariamente a un bloque más precario aún (tanta precariedad será para estar en sintonía con la crisis, digo yo), baja una rampa de 12 metros. En su base, encuentra el río y, en sus propias palabras (quédense con ellas) dice que "sigue grande".
Contentos con haber logrado encontrar la continuación, nos damos la vuelta. Subimos con calma y, tras una parada técnica en el vivac (en el que se consume prácticamente todo lo comestible que queda) salimos hacia la calle. En la cabecera del P.240 nos encontramos con Javi, pues allí andan instalando el pozaco. Ya de noche, llegamos al campamento.
La expedición ha sido fructífera: no sólo hemos encontrado la continuación, sino que además hemos descubierto una sustancia orgánica que Susanna no puede comer: el membrillo. Teniendo en cuenta que la suiza es buena prueba de la teoría de las cuerdas y de la existencia de una cuarta dimensión (aquel lugar hacia el que fluye y en el que incomprensiblemente desaparecen las ingentes cantidades de comida que deglute), no es un descubrimiento menor.

- © Cristóbal Ortega
- Moisés Rodríguez, Susanna Graf, Pedro Merino y Cristóbal Ortega
El no-vivac
Durante los siguientes días nos dedicamos a echar un vistazo a la H4.4 y a prospectar, pero al de unos días ya no se puede obviar que hay que volver a bajar de vivac al Acebo. Silbamos mucho, con las manos en los bolsillos y mirando a las ramas de los árboles, pero no sirve de nada. El miércoles nos dirigimos hacia allá Gelo, Xavi, Moisés, Susanna y yo. Esta vez, vamos bien pertrechados de comida, lo que es un error, ya que Gelo no puede pasar por la estrechez y, viendo el ejemplo, Xavi (más viejo y más sab...; bueno, más viejo) decide ni intentarlo.
Sin embargo, debajo de la rampa, nos espera una sorpresa: aunque todos sabemos que el tamaño no importa, y que lo de las dimensiones son relativas, y que las comparaciones son odiosas, y que la percepción es un proceso notoriamente subjetivo, y que tal y que Pascual, pues lo de "sigue grande" es, cuando menos, discutible (como la honradez de un federativo, por ejemplo). Quizá (y digo quizá) un duende pudiera calificar esa galería como "mediana". Un enano la calificaría de "reducidas dimensiones"; un hobbit, de "más bien pequeño" y yo, de "puta mierda" para abajo. Unos 50 metros después, la galería alcanza los 30 centímetros de altura, y sobre el suelo corre una bonita lámina de agua que no invita precisamente a lanzarse en plancha sobre ella. Revisamos la zona, y optamos por darnos la vuelta: harán falta neoprenos para continuar la exploración, pero la cosa tienen mal color...
Llegamos al vivac, y como es pronto optamos por salir del tirón. Encontramos a Xavi y Gelo poco antes de los pozos, y salimos todos juntos, llegando al campamento pasada la medianoche. Aunque no queda cena (se suponía que nos quedaríamos a sobar abajo) ya nos apañamos. Susanna vuelve a sorprendernos con la "nouvelle cuisine" suiza: nadie diría que los suizos se han pasado la vida siendo neutrales (y blanqueando dinero): por como traga su embajadora, parece que se encuentren en posguerra permanente (la pasta con lentejas y queso es excesiva para nuestros delicados paladares).

- © Aer
El ataque
El campamento continuó con poca pena (y poca gloria, la verdad), aunque se logró el principal objetivo marcado: superar las 300 latas de cerveza bebidas. Pero la cosa es que había que volver al tajo, porque nosotros no dejamos las cosas a medias, no señor (lo de el Carcabón no cuenta; tampoco lo del Cuadrangular; mucho menos lo de Cueva Baranda; y lo Cuevamur no hay ni que mencionarlo, por favor. En la cueva de Arredondo había razones de peso, y en la de Riba mucho agua; Cullalvera pertenece al pasado; la cueva del Rellano es una excepción; a lo del Salzoso ya volveremos...).
En fin, que Gelo, Carol, el Rubio y Pablo se dirigieron el jueves 6 agosto a Rubicera. Allí Gelo tenía controlada una ventana tras la que sonaba el agua, y aunque se encontraba muy cerca del río principal, el chato tenía la sospecha de que podía tratarse, realmente, del río del Acebo. Tras arrastrarse un centenar de metros, Gelo y Ricardo se dieron la vuelta, pero la cosa parecía clara: se trataba el río del Acebo. Claro, que lo mismo habíamos dicho meses atrás con el Belneo, y mira tú...
El remate
Así, el lunes 10, Wychy , el Rubio, mi gastroenteritis yo nos dirigimos hacia allá. Comenzamos a topografiar (que si no, ya sabemos lo que pasa): la dirección era norte total, y pronto se disiparon las dudas: "tenía" que ser el río del Acebo (¿no?). Tras trescientos metros de topo (a rastras y en cuclillas) siguiendo el río, una estrechez detuvo nuestro avance. La cosa se ponía - otra vez - fea. Nos pusimos los neoprenos, y Wychy se puso en cabeza, por un estrecho laminador de 30 centímetros de altura y una pendiente de 14 grados. El suelo era de arenisca, con ese característico tacto "baboso" que tiene cuando está mojada, y la inclinación hacia difícil avanzar. Al de cincuenta metros, Wychy grita: "¡Hay huellas!". Pero al llegar, el mosqueo: hay huellas, pero no me suena. Afortunadamente, dura muy poco: unos pocos metros más allá, encuentro el hito que dejó Cristóbal. Unión. Viriles palmadas y todo eso, y para afuera, que se está bastante incómodo aquí.
Salida, pateo hasta el coche, y a casa de Fredo, a celebrarlo (cayeron birras, vino, una de orujo de café, otra de coñac Insuperable...). Ya podíamos cumplir el sueño de todo hombre: decir que la nuestra era la más grande del país...Sí, sí, ya sabemos que el tamaño no importa pero...eso es lo que dicen siempre los pichacortas...
¿Cóooomo? ¿¡Qué La Gándara supera ya los 104 kilómetros!? Dios mío, la pitopausia acecha...

- © Carol R.
Presentación
Objetivos
Diario: días 24, 25 y 26
Diario: días 27, 28 y 29
Diario: días 30, 31 y 1
Fotos para el olvido...
Resultados
La Sima del Acebo
Diario de la Sima
Coordenadas, cavidades localizadas
Frases célebres