AER

Portada del sitio > Publicaciones > Cuadernos del Valle del Asón > N. 7: Julio 2002 > Crónica de un domingo

Cuadernos del Valle del Asón

Crónica de un domingo

Nº 7 Julio 2002 - Página 21-24

Miércoles 29 de octubre de 2003, por Santiago Brera Rodríguez


Todos sabían en iba a suceder. El viernes por la tarde sentado en la terraza de la tasca de Merche, el limiaco lo anunció a bombo y platillo, después de haber permanecido pensativo un buen rato, fija la mirada en el campanario de la iglesia. Lo proclamó con voz cínica y repleta de orgullo. "Fijaros bien en ellas ahora que podéis porque el domingo a la hora de misa las pego dos tiros".

El limiaco miró a la media docena de parroquianos presentes aguardando una respuesta pero todos callaron y el silencio fue prolongado y fermentó una desazón inesperada.

- ¿Pero por qué demonios ibas a hacer tal cosa? - preguntó finalmente Merche mientras recogía unos vasos vacíos.

El limiaco escupió en el suelo y sus ojos relampaguearon. - Porque me da la gana - dijo, añadiendo una sonrisa expectante, que no dejaba de indicar cierto y cordial desafío.

Las cigüeñas llegaron a finales de febrero en una racha de calor inusual. En el pueblo causó conmoción verlas porque ni los más ancianos recordaban tales visitantes, más propios de las tierras llanas y soleadas de la Meseta. Por eso hubo quienes no se lo quisieron creer del todo. "Están de paso, no os hagáis ilusiones", se oyó decir enseguida. "Se han extraviado de su ruta, aquí no pueden quedarse, cuando sople el nordeste procedente de la sierra van a perder hasta las plumas", opinaban en la plaza y en los caminos los vecinos más pesimistas.

La primera jornada la emplearon en escudriñar la aldea desde lo alto. Para los niños, como no podía ser menos, resultó un acontecimiento singular contemplar su planeo incesante sobre los tejados. "Buscan el lugar más apropiado para anidar", les indicó Avelina, la maestra, en el patio de la escuela; y su corazón latía, si cabe más aprisa que el del más boquiabierto de los chiquillos. "¡Mirarlas, ahí vuelven a pasar!"

Fermín "el limiaco", vivía apartado del pueblo, al inicio del camino que conduce a las Termas de San Luis, quizá en la casa más vieja y agrietada de todo Rubía. Cultivaba un huerto umbrío con mucho arbolado en la parte lindante con el río y siempre se le consideró maestro en las artes prohibidas de la pesca de truchas y un consumado cazador furtivo, lo que de continuo le granjeaba conflictos con el guardabosque privado del balneario. El limiaco era de corta estatura, grueso y de rostro redondo, se dejó crecer una barba canosa y siempre llevaba una gorra azul de marinero, porque anduvo muchos años navegando en un carguero danés. No gozaba de simpatías por su carácter solitario y huraño y en el bar de Merche, el vino en más de una ocasión lo convirtió en un ser bravucón y alborotador.

El día que llegaron las cigüeñas el cartero encontró al alimañero al arrimo de un muro en el patio trasero de su vivienda desollando una liebre.

"Para una vez que vienes por aquí espero que traigas buenas noticias", dijo, y su voz sonó áspera, dura; como decían en el pueblo que era su alma.

Al limiaco le hizo daño de veras leer el informe sobre su solicitud de jubilación que le remitió un abogado de Santander. Al instante reconoció en aquellas frases envueltas en tecnicismos administrativos el principio de muchos males. En suma, que la resolución no podía ser peor. Su pensión era denegada por no haber cotizado nunca a la Seguridad Social y que transferir dicha obligación al gobierno de Dinamarca iba a resultar poco menos que imposible, entre otras razones porque Fermín Expósito no conservó ni un solo papel de su etapa de marino mercante, en la que ofició doce años como ayudante de cocina por las frías aguas del Mar del Norte.

Muchos planes se le derrumbaron como un edificio se desploma al faltarlo los cimientos.

Bufó con cólera y soltó relinchos como un caballo, agravió en voz alta al santoral y con lo más soez de su vocabulario maldijo al gobierno, y más insistentemente al "estúpido" de su abogado. "Alguno lo pagará caro", dijo con retadora voz de trueno. Luego pareció calmarse. Tragó saliva un par de veces pero se calmó. Cuando volvió a salir al huerto con idea de pegar cuatro tiros a los tordos lo que primero vio fue a las cigüeñas planeando sobre Rubía. "¡Malditos pajarracos!", dijo gesticulando una abrupta amenaza.

A la mañana siguiente Avelina comprobó satisfecha que las cigüeñas habían elegido el campanario de la iglesia para instalar el nido y ya apilaban con un tesón instintivo y sabio ramas secas en lo alto de la torre.

"En Rubía nunca han anidado cigüeñas ni anidarán", señaló taxativo don Julián, el cura, en la botica una vez se enteró de la noticia. "Y dejarme de pamplinas, que bastantes ocupaciones tengo ya".

En fecha próxima el anciano sacerdote aguardaba la visita del obispo y confiaba que éste aprovechara el viaje para comunicarle personalmente la concesión de un retiro apacible. Con esta previsión andaba de cabeza ordenando un montón de papeles y, resuelto a concluir el lavado de cara que creyó oportuno proporcionar a la iglesia. Consideraba de capital importancia terminar las obras y no legar a su sucesor más inconvenientes que los indispensables. Una vez colocados los tubos de la nueva calefacción y embaldosado el suelo todo debía quedar cuanto antes en su sitio. La restauración del retablo se demoraba más de lo previsto y era lo que realmente le preocupaba. En el fondo, don Julián, presentía que la visita del obispo se iba a convertir en el último y definitivo examen que juzgara su labor parroquial en las tres décadas que permaneció en Rubía.

Don Julián se preguntó que historia era esa de cigüeñas en su iglesia; y de ser cierto quería descubrir pronto en que modo podía afectarle. Permaneció unos instantes pensativo y por último negó con un gesto. "No. Nada de cigüeñas. Cuando todo pase a manos del nuevo párroco, él decidirá si quiere tener cigüeñas o pavos reales. Además es absurdo, descabellado, cigüeñas en Rubía", agitó la cabeza como desechando la idea, "jamás oí una tontería igual en mi vida", balbuceó para sí desabrido, mientras se encaminaba con un andar penoso calle abajo, hacia la sacristía, sin dirigir una sola vez la mirada hacia lo alto. "¡Oh, vaya!", exclamó jadeante al distinguir a unas personas al fondo de la plazoleta. "Ya veo que esos truhanes no pueden evitar estar diez minutos seguidos trabajando en el retablo sin cruzar al bar de Merche".

El domingo Rubía amaneció destemplado y aprehendido en la niebla. Avelina se despertó a eso de las ocho. Una luz gris, espectral, envolvía su habitación. Se incorporó en el lecho y miró con ojos confusos y enrojecidos su alrededor como si flotase en una atmósfera ingrávida como tratando de discernir la realidad de la trama de un mal sueño. Apenas pudo pegar ojo pensando en las amenazas proferidas por el limiaco. Desayunando meditó largamente al respecto y convino que su deber era dar cuenta de sus temores en el puesto de la guardia civil de La Rasa, cabecera de la dispersa y montañosa comarca.

Avelina procedía de una familia pasiega y se corrió la voz de que poseedora de abundante dinero y propiedades. Tenía la plaza de maestra desde hace tres años y era una muchacha de buen ver que rondaba los cuarenta, no demasiado alta, de cabello muy corto, descuidada en el vestir, pero de marcada y provocativa silueta. Todos en el pueblo la apreciaban porque en la escuela era paciente y cariñosa con los niños.

"Qué hoy es domingo", dijo el cabo acentuando las palabras y arrastrándolas como queriendo comprender algo que se le escapaba. "Sí ya entiendo, pero yo no puedo hacer nada, señora, mientras no se cometa un delito. Ya sé que en más de una ocasión ha ido de prohibido al bosque, pero ése es otro asunto y mientras tenga licencia de armas... "

Una melancólica sonrisa de desaliento torció los labios de Avelina.

"Además no se detiene a nadie por sospechas o por lo que vayan diciendo en los bares", prosiguió el guardia. "¡Mire, ya se estudiará el caso! No lo dé usted más importancia de la debida".

El alcalde no estaba. Avelina llamó insistentemente a su puerta hasta que en el piso de arriba se entreabrió una persiana y al poco rato, Vicenta, la sirvienta de la familia se asomó al mirador, con ademanes sigilosos y un volumen de voz tan escaso que parecía como si temiera revelar un secreto, dijo: "Han salido todos para el Balneario a tomar las aguas y luego oír misa en la capilla de los trinitarios".

Avelina se sonrojó y no dijo nada, porque en efecto, bien poco tenía que decir. Llegada a este punto comprendió que tan sólo le quedaba una carta por jugar y estaba resuelta a ello por ingrato que resultara.

El limiaco tampoco pasó buena noche, por casa anduvo desorientado y con mal humor, en la cama ya acostado encadenó un sueño con otro que intranquilizaron su ánimo. En uno de ellos se asomaba a una ventana y contemplaba en el horizonte la luz rojiza de un amanecer contrastando con el pálido azul del cielo y el verde esmeralda de un mar en calma. Ninguna preocupación le acechaba ni en su estado de ánimo podía aforar mayor bienestar; pero de pronto la tormenta llegó, tremenda, con un trueno y el mar se encorajinó en un enloquecido torbellino de oscuridad.

Como durmió mal, el limiaco, se levantó tarde y muchas cosas irrumpieron en su cerebro entonces; un cúmulo de dudas y recelos le asaltaron sobre si debía o no matar a las cigüeñas tal como previno. En el bosque nunca reparó en apretar el gatillo ante cualquier bicho pero algo dentro de si le decía que en este caso no debía llevar las cosas hasta tal punto. Fumó un cigarro pensativo, aspirando grandes bocanadas y expirando el humo con energía. Al cabo de una pausa de reflexión decidió no matarlas, al menos no hoy; fue en ese instante cuando golpearon su puerta. En el rostro del limiaco se dibujó una expresión de perplejidad al ver a Avelina de pie en el umbral.

- Tengo sólo una cosa que preguntarle Fermín, ¿está usted dispuesto a cumplir su amenaza y matar a las cigüeñas?

- Sí - respondió el limiaco sin el menor rastro de vacilación abrochándose su mugriento pantalón.

Ella le observó con una mezcla de ira y repulsión, turbada así misma por el espeso olor a leños quemados que emanaba de aquel habitáculo que tanto ejercía funciones de cocina como de dormitorio.

- Disfrutarás con ello, ¿no es cierto?

- Desde luego - admitió- Son piezas que no se cobran todos los días.

- Pero, ¿de qué piezas hablas, es qué acaso te las vas a comer? - preguntó con el corazón desmandado.

- El placer está en matarlas a tiros - fue la seca respuesta.

Avelina trató por un lado de vencer la visceral repugnancia que le producía el limiaco, que no hacía otra cosa ahora que rascarse su entrepierna, al tiempo que se esforzaba por mantener la calma y la claridad de ideas, pues tenía plena conciencia de que cuanto dijera en adelante podía ser decisivo.

- Los niños de Rubía, que nunca antes habían tenido ocasión de ver cigüeñas, ahora no quitan ojo de la torre de la iglesia. Si una de ellas se aleja volando más tiempo de lo acostumbrado en busca de algún palo o pequeña quima con la que reforzar el nido ya se impacientan y preocupan. ¿No sería un crimen vergonzoso arrebatarles esa ilusión?

- ¡Ay, ya! se trata de eso, de los niños.

- Pues sí, y de los mayores también por qué no decirlo, para muchos la llegada de las cigüeñas ha significado una inesperada fuente de distracción. Además, ¿qué mal han hecho o pueden llegar a hacer esos animales? Son hermosos y han recorrido muchos kilómetros para llegar hasta aquí.

- ¡Vaya con la maestrilla! - dijo el limiaco mirándola fijamente y apreciando en sus ojos enormes y oscuros una nublada llama de melancolía que le subyugó de modo sorpresivo - Si una mujer tan atractiva me lo pide tal vez deba pensármelo dos veces antes de disparar - dijo pasando una mano bajo su hirsuta barba -. A lo mejor no soy la persona malvada que se dice y tan sólo me contento con matar a una - dijo sonriendo y francamente feliz.

- No le veo la gracia - dijo Avelina mientras estiraba con cierto nerviosismo los pliegues de su chaquetón.

- Pues a mí me parece que la tiene - argumentó el limiaco.

Las campanas de la iglesia tejieron el canto de la proclama a misa. Las gentes de Rubía atraídas por la llamada poco a poco como un rebaño dócil y silencioso fueron avanzando lentamente por las calles y la plaza. La niebla que había envuelto la aldea se disipaba con velocidad porque las ráfagas de un repentino viento alzaban la bruma esponjosa hacia los montes.

La aversión del limiaco hacia las cigüeñas pareció quedar anulada y la hoguera del deseo de reventarlas a perdigones se apagó con la misma ligereza en que fue concebida. Mientras permanecieran en la torre de la iglesia poco o nada le iba a importar. Cosa bien distinta es que un día invadieran su territorio. "Entonces", pensó con ruda autoridad, "no las salva ni Cristo Bendito".

Pero el asunto debía zanjarlo a su manera, acudiría con su escopeta a la tasca de Merche en la seguridad de ser conminado por más de uno a no ejecutar la sentencia. "Fijo que eso ocurre. Voy a disfrutar con la escena y saborear bien de cerca el escalofrío que recorra a esos mequetrefes en los instantes que amague con apretar el gatillo y ojalá que la maestra ande en primera fila", se dijo a sí mismo enardecido por una nueva emoción.

"¡Ahí viene!, gritó un chiquillo en medio de la calle. "¡Ahí viene el limiaco con su escopeta al hombro!".

Fermín, que apareció con una indumentaria marinera muy gastada pero limpia y novedosa, no pudo ni imaginar el recibimiento que le dispensaron en la cantina gentes de lo más variado de la comarca atraídas por la noticia. Las conversaciones eran bulliciosas, los ánimos estaban alegres, las voces se alzaban y las bebidas hacía tiempo que circulaban sin medida entre los concurrentes. El limiaco nada más entrar ocupó la atención de todos. Muchos se le acercaron a estrecharle la mano como muestra de su aprecio. Avanzó lentamente como encumbrado en una nube saludando a unos y a otros a los que llamaba por su nombre y llegó a la barra donde Pepe Ángel, el marido de Merche, descorchaba sin parar botellas de vino blanco.

Pepe Ángel estrechó su mano y su ancha cara se llenó de una sonrisa de bienvenida. "Qué lástima Fermín que no anidaran en la iglesia las cigüeñas con más frecuencia", dijo pesaroso. "Hoy termino la solera y sino el tiempo", y extendió la mano señalando a la multitud de gente que no cabía en el local. "Hay aquí hasta de Vizcaya, así que no puedes fallar porque incluso hay un viejo, al que dicen matalobos, creo que de Peña Dorada, que trajo hasta la escopeta por si tiene opción". Luego Pepe Ángel indicó a su mujer que le sirviera un vino, recalcando lo de sólo uno con ademanes soberbios. "Hay dinero en juego, las apuestas se frenaron mucho desde que la niebla se disipó pero si las abates de dos disparos aún puede caernos un buen pellizco".

El limiaco no comprendía lo que ocurría ni quería comprenderlo ahora. Pocas veces en su vida se vio correspondido con tantos afectos, así que superados los primeros momentos de perplejidad sonrió complaciente y se bebió de un trago el vino.

El ánimo pletórico y guasón reconcentrado en la tasca contrastaba con la actitud de Merche, que no hablaba, y miraba al suelo con ojos apagados sin poder concebir ni aceptar de buen grado todo aquel asunto.

El limiaco salió a la terraza con parsimonia casi ceremoniosa. Avistó a las cigüeñas en lo alto de la torre silbando entre dientes y con un desdén calculado. Y decidió que si ésa era la voluntad del destino debía cumplir su cometido y descerrajarlas cuanto antes un tiro en el corazón.

Entre cuantos se apretujaron expectantes en torno suyo surgieron de improviso sonoras discrepancias por calcular la distancia que separaba la terraza del bar del campanario; unos estipulaban un trecho de 80 metros más o menos y no faltaron quienes aseguraban convencidos que como mínimo era un espacio de 150. Pero todo murmullo se cortó en seco cuando el limiaco echó su escopeta de dos cañones a la cara, afirmó la culata en el hueco de la clavícula, apoyó la mejilla contra la culata y retuvo la respiración.

Todos aguardaban el sonido de la detonación pero el limiaco permaneció allí erguido, con rostro inexpresivo y unos ojos como de bloque de hielo, con el dedo cada vez más tenso sobre el gatillo pero sin decidirse a disparar.

- ¡Ay, Fermín, Fermín!, que van a terminar volando - dijo Pepe Ángel impaciente al apreciar que una de las cigüeñas iniciaba un párvulo aleteo.

- ¡Calla! - gruñó el limaco bajando el cañón de la escopeta manifestando que parecía incapaz de ordenar correctamente sus ideas.

Un hombre calvo de avanzada edad vestido con una indumentaria propia de cazadores y un aspecto inquieto, que no había cesado momentos antes de alardear de su puntería, avanzó unos pasos e hizo ademán de extraer de la funda la escopeta que portaba consigo.

El limiaco le observó con extrañeza, como si no supiera lo que pretendía pero tras unos instantes de incredulidad tuvo como todos los presentes la clara impresión de que de no disparar rápido sobre las cigüeñas él se le adelantaría.

"No te hagas ilusiones", le dijo lacónico, "esas dos son mías".

Entonces el limiaco, como repuesto de un adormecimiento, volvió a colocarse en posición de tiro, aguzó la vista para disparar y presionó el gatillo. La cigüeña saltó por los aires despanzurrada y cayó de la torre como un títere deshilachado.

Dentro de la iglesia resonó atronadora la explosión del disparo, justo cuando don Julián se disponía a ofrendar la hostia sagrada. Un estremecimiento universal recorrió la espalda de los feligreses alzándolos de los bancos de madera al unísono que dejaban escapar un grito de espanto.

Avelina también se sobrecogió en gran medida en su casa al escuchar el disparo, el eco del estruendo pareció repetirse cien veces rebotando de pared en pared y pronto hubo en sus ojos lágrimas de rabia y frustración.

En la taberna de Merche, Pepe Ángel agitó los brazos imponiendo silencio ya que no cesaban los vítores y aplausos.

La otra cigüeña emprendió vuelo tras la deflagración pero no fue lejos y transcurridos cinco minutos de nuevo se posó en la torre aún titubeante y dando saltos de desconcierto, tal y como el limiaco vaticinó que ocurriría.

El segundo disparo causó una profunda y dilatada aprensión en la concurrencia y más de uno creyó que Fermín había errado el tiro. Él mismo aunque no llego a exhibir gesto alguno de inquietud padeció el repentino temblor de un músculo en su mejilla derecha señal segura de tensión. Pero pronto vieron que la cabeza del pájaro se le vencía hacia adelante, trastabilló en el vacío y cayó en picado trazando una festejada pirueta en el aire.

Las aclamaciones y los abrazos enfervorizados por el alcohol duraron hasta que Pepe Ángel gritó que todos se metieran para adentro porque aquella ronda corría de su cuenta.

Muy pocos tuvieron inclinación de ver los pájaros muertos y la mayor parte de los vecinos de Rubía que circularon alrededor de la iglesia encontraban siempre una excusa para dar un rodeo y no atravesar el callejón trasero donde las dos cigüeñas reposaban inertes, muy cerca la una de la otra en un amasijo de plumas, huesos quebrados y sangre.

"¡Vamos, vamos Gabriel!", exclamó el alcalde el lunes por la mañana dirigiéndose a su alguacilillo. "Ya debías haberlas retirado del callejón. Coge pronto una pala y una carretilla y llévalas al vertedero; parece mentira que siempre haya que estar detrás tuyo para decirte lo que debes hacer".

Comentar este artículo


Seguir la vida del sitio RSS 2.0 | Mapa del sitio | Espacio privado | SPIP | esqueleto